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LINCHAMIENTO DE NEGRO

Capítulo I


Una noticia en el periódico


Era una tarde calurosa de noviembre 1980. La oficina de investigaciones privadas de Tim Tutts estaba pasando por un mal momento. La proximidad de Navidad, una relativa tranquilidad social –la caldera seguía juntando presión– y la lenta afluencia de turistas– asustados ante los asesinatos recientes de un par de veteranas europeas–, hacían aparecer a Nairobi como la metrópolis más aburrida del orbe. Como nunca, la capital reputada como la de mayor importancia de Africa del Este parecía una cancha de aterrizaje; o peor, un trampolín hacia la seudoaventura. En esto se había transformado la ciudad que, a principios de siglo, era apenas dos filas de carpas levantadas por los afiebrados constructores de tren Mombasa-Uganda.
Tutts pensó que siempre le había perecido un milagro que la ciudad estuviera acercándose al medio millón de habitantes. Al ver esos clichés del campamento que era Nairobi en 1900, reflexionó sin entusiasmo: “Y todo ese esfuerzo de titanes para que unos cuantos colonistas europeas, ricos y obesos, partan a sus safaris sangrientos; y para que los bellos animales del patrimonio Africano acaben de trofeos en sus salones”.
Se distrajo con la imagen vista esa mañana de unos alemanes viejos disfrazados de cazadores, convencidos de que saliendo hacia Masai Mara, Samburu o Tsavo, los grandes parques de vida salvaje, iban a conocer lo ignoto, guiados por una patota de atorrantes muertos de la risa bajo sus ademanes serviles.