Afortunadamente, la era de los safari de caza había
terminado; ahora se vivía la de sus simulacros fotográficos.
Tim Tutts decidió apartar de mente éstas visiones absurdas y
volver a su lectura, única ocupación posible en la calma chicha.
Soñolientos, los detectives de Nairobi esperaban sentados que alguna
misión les cayera, aunque fuese buscar una vaca perdida o vigilar a
una esposa infiel. Aunque se debe decir, en honor a la verdad, que en un país
como Kenya es bastante la sangre que ha corrido por causa de robo de ganado
o de mujeres. No hubiera sido la única vez, por lo demás, que
Tutts y sus compañeros debían conformarse con misiones banales.
Un sabroso caso de asesinato caía de tarde en tarde por la oficina.
Pero aquéllos eran sus momentos de gloria. En Africa, cuando la sangre
asoma, hay sonrisas en las caras.
Sólo el teclear incansable de la máquina de Curly, la secretaria
somalí del grupo, daba algo de vida y animación al ambiente
de siesta estival que se había apoderado Timotheus & Team, Detectives,
los investigadores privados de Nairobi. “Una pasión común
(la justicia), una mística (la verdad), una mente colectiva (la deducción)”,
era el slogan estrafalario y olvidado, por fortuna, que algún publicista
radial inventó para ellos.
Karima Waweru, el ayudante principal y socio de Tim Tutts, que yacía
echado en un sillón, se dirigió de pronto a él con la
voz gangosa de sueño:
–Boss, ¿por qué no salimos a la calle a ver si nos topamos
con un buen crimen? Supe que en el bar Karibu se iba a organizar una competencia
de bebedores de cerveza, usted sabe que eso siempre culmina con reparto de
puñetazos y luego asoman las afiladas pangas…
Tutts levantó la cabeza de la biografía de Dashiell Hammett
en que estaba sumergido y le contestó con desgano:
– Cállate Waweru. ¿No ves que estoy leyendo? Además,
me molesta que me digas boss.
Waweru no se inmutó y trató de insistir, ahogando un bostezo:
leer en absoluto,