La cosa es que uno debería tomarse en serio las palabras de “Cachín” Antezana cuando en la presentación del libro No le Digas, de David Mondacca, el pasado jueves dijo: “Si alguna vez, en medio de la noche, por las calles de la ciudad de La Paz, ven una figura corpulenta, con sombrero de jipi japa, abrigo pesado y de un caminar imponente, con aires de poeta y con cierto parecido a Jaime Saenz, nada raro que se trate del mismísimo Jaime Saenz”.
Y claro, como hace ya 13 años que el poeta falleció y como quiera que a uno le cuesta un poco creer en fantasmas y aparecidos, las palabras de Luis H. Antezana, suenan a sortilegio o brujería.
Pero ni lo uno ni lo otro, lo que pasa es que el misterio está presente, no sólo en la obra de Jaime Saenz sino en la misma presencia que tiene en las calles y en la gente de La Paz, incluso muerto, enterrado y —de yapa— decapitado por mandato expreso del poeta, a quien le aterraba que lo sepultaran vivo.
Y las coincidencias —por llamarlas de alguna manera— confluyen cuando se trata de Saenz. David Mondacca no me dejará mentir. Por eso, para los iniciados en los misterios de la mística sanzeana, no sorprende ni poco ni mucho el que precisamente el día en que se presenta el libro de David sea el aniversario del nacimiento de Jaime (La Paz, 8 de octubre de 1921).
Tampoco sorprende el que a esta Feria del Libro, y que a la presentación de No le Digas asista, nada más ni nada menos, que el señor escritor Bartolomé Leal, de nacionalidad chilena pero paceño de corazón o por lo menos un fanático de La Paz. Y quién te dice que el señor Leal había sido admirador y goloso lector de don Jaime. Y para colmo, amigo de los amigos y de los admiradores de Saenz.
Y como las cosas no son sino lo que son, en la presentación de No le Digas, además de David Mondacca y Bartolomé Leal estaba, por supuesto el señor Luis H. Antezana, encargado de presentar la obra en cuestión.
Hasta ahí, imagínese amable lector, ya había una trilogía de energías, entre velas, cuecas y premoniciones que no hacían sino evocar al poeta Jaime Saenz, precisamente en el día de su cumpleaños.
El señor Bartolomé
“Ustedes tienen aquí un escritor maravilloso que se llama Jaime Saenz y que tuvo una vida muy dura”, comentaba el escritor Leal, asemejando la difícil existencia del poeta chileno Pablo de Rocka con la de nuestro poeta paceño.
“Yo me hice muy aficionado a la obra de Saenz”, contaba Leal. Y los ojos le brillaban cuando recordaba la cantidad de libros que se había llevado a Chile, todos de Saenz. Y le bailaba la mirada al contar que en Chile se había presentado una antología poética de Saenz y que la presentó, en Santiago, ni más ni menos que don “Cachín” Antezana.
“En Morir en La Paz (un thriller del escritor chileno publicado en 2003) hay un recuerdo de Saenz, y es la parte central de mi libro. Allí, por ejemplo, incluyo a uno de sus personajes, vestido de Pepino (tomado de la Piedra Imán), y otro que es el viejito del acordeón (en Imágenes Paceñas) y por supuesto el aparapita, que es un filósofo”.
Bartolomé Leal vivió un tiempo en La Paz, “tenía un departamento en Sopocachi, trabajaba en la plaza España, subí a la Muela del Diablo y escribí todas esas mis impresiones del ser boliviano en mi novela”.
Con cierta desazón, el escritor chileno hizo notar lo injusto y cruel que puede ser el oficio de poeta. “Pese a lo maravilloso y grande que es Jaime Saenz, él, como muchos otros, no pudo vivir de su obra. Muy pocos escritores, salvo excepciones como por ejemplo Vargas Llosa, que es casi una marca registrada, pueden vivir exclusivamente de escribir. Lo mismo le pasa a muchos, como a Pablo de Rocka”.