Y es que, cuando decidió hacerse huelebraguetas, Tutts “cambió” una existencia rutinaria y de éxitos fáciles en el mundo diplomático, por la posibilidad de sumergirse en lo más oscuro de su país, esa zona nauseabunda y peligrosa, aunque atractiva como un imán, que amalgamaba el sangriento pasado con el presente incierto de una sociedad todavía carente de identidad.

Y es que son bien conocidas las inclinaciones anárquico-quijotescas de nuestro amigo, y su “obsesión por acusar a lo más respetable de su sociedad, su morboso afán por escarbar en la suciedad.” O sea, bien traducido, por descubrir la verdad y colaborar al ejercicio de la justicia. Pero, bueno, sus tendencias anárquicas tampoco son para tanto. En un momento crítico, cuando se puede armar un buen quilombo, Tutts aconseja a sus colaboradores: “vayan armados pero, por favor, sensatez y criterio. Nada de escenas del lejano oeste.”

Estamos ante un caso delirante en que se mezclan racismo, religión, tensiones tribales, sexo y, por supuesto, cuestiones monetarias. ¿Qué sería del mundo negro y criminal sin un cierto desencuentro económico? ¿Europa, USA, África? Da igual. La novela negra es fiel reflejo de la globalización que nos rodea: el ansia por el dinero hermana a todos los hombres. Blancos, negros, albinos, hombres, mujeres, altos y bajos: cuando se trata de dinero, todos somos hienas.



Granada, 13 de octubre de 2004.

           
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