Réquiem por San Juan de Grijalva


–¿Saben ustedes dónde estaba yo el día 4 de noviembre del 2007, compadres? Pues no los voy a hacer adivinar. Estaba en San Juan de Grijalva, estado de Chiapas... ¿Qué les parece?
–¡No chingues! Pues estabas con tu culo en el mero infierno, mano. ¿Qué te llevó allá, buey?
–Un par de tetas, mano, debo reconocerlo.
–Pues cuéntanos, carnal... Aquello tiene que haber estado movido. ¿Estarías en la parte alta del pueblo, ya que sobreviviste, no?
–Nada, compadre. Estaba casi en la orilla del río, mirando como llovía y llovía y llovía, que era algo de otro mundo. Tres días dice la gente que no paraba de caer agua. Nunca me había tocado una lluvia tan tenaz...
–Pues ni modo.
–Yo estaba en ese momento mirando y fumando, protegido por un techito de la morada de mi vieja. Recién me había bajado del guayabo, compadres, y me estaba relajando con una cervecita al clima y un pitillo de marihuana, mientras la mujer se dormía entre las sábanas, todavía lanzando sus gemidos...
–Le habrás dado duro, buey.
–Pues supongo, mano. Ese día andaba con muchas ganas, no sé por qué, la lluvia no me pone así, en fin, algo me hurgaba los nervios. A pesar de que todo estaba tranquilo.

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Cuentos Negros en 200 palabras

“Caquilla”

Esperamos la noche para atacarlo. Éramos tres contra uno, de modo que ganábamos; aunque Caquilla solía presentar resistencia. Tolo iba armado con el revolver a postones, Sabugal con su cerbatana de pinchos, y yo con una honda, los bolsillos llenos de piedras. “Lo mejor es atacarlo cuando esté cagando”, dictaminó Tolo, nuestro líder. Abrimos de golpe la feble puerta de la caseta donde defecábamos en la parcela, sobre un cajón, hacia un hoyo repleto de excrementos. A la luz de la linterna de Sabugal, vimos a nuestra víctima, pujando. Tolo gritó: “Depravado, vienes a puro correrte la paja. ¿Te fusilamos o tiramos al hoyo?”.

Lloriqueó Caquilla: que no fuéramos malos, tenía algo para ofrecernos. Nos hizo titubear. Entonces el asqueroso se llevó ambas manos al trasero para sacarlas colmadas de mierda y ponerlas frente a nosotros, burlándose. Disparamos al unísono, sin hacer caso de los chillidos desgarradores, ciertamente falsos, de Caquilla. La fetidez era tan grande que no osamos ponerle las manos encima para tirarlo al hoyo. Al día siguiente lo vimos, lleno de moretones y arañazos. Le habíamos dado. Tolo le dijo, amenazante: “Nos debes una, Caquilla. Reza por adelantado”. Después nos pusimos
amigablemente a jugar a las bolitas.

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Breves Cuentos Haitianos

In memoriam Papá Doc

El zombi esperó que la última claridad del sol se esfumara para lanzarse a las calles de Puerto Príncipe. Vestía gabán hasta el suelo, bufanda, botas y guantes. Aún así sentía frío, por sobre el calor reinante. Ajustó sus lentes oscuros, lo que más intimidaba a la gente. Unas viejas desdentadas se santiguaron, apartándose a su paso.
 
Buscaba una gallina. Era lo que necesitaba, una gallina a la cual sacrificar para saciar su sed de sangre. El zombi apuró su paso anciano e inseguro, mientras las sombras de la noche sin luz eléctrica lo iban haciendo cada vez menos conspicuo. Faltaba poco para llegar a la gallera donde ya estarían, iluminados por improvisadas teas, los fanáticos de las peleas con su desquiciada algarabía de apostadores.
 
Donde hay gallos hay gallinas, elucubró el zombi. Y donde hay galleras hay vudú. No se equivocó. Un grupo de mujeres de blanco bailoteaba en un rincón, mientras un sacerdote balbuceaba salmodias, una gallina negra cogida del cuello. Los tambores intensificaron su ritmo. El zombi arrebató la gallina al oficiante, le arrancó de cuajo la cabeza y bebió con avidez le espesa sangre que manaba del muñón.
 
Saciado, el zombi retornó al palacio de gobierno.

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El travesti


Esa noche el escritor salió subrepticiamente de la casa familiar con el afán de conseguirse una puta. Su matrimonio era un desastre desde hacía tiempo, pero no era ésa la causa esencial de tal trasgresión. Le gustaban las putas. Había sido iniciado en el sexo por una“patín”, una prostituta callejera, y desde entonces sus gratificaciones auténticas pasaban por elegir una mujer de su agrado, someterla a algunas rutinas predilectas, conversar un poco sobre la vida de ella, pagar más de lo pedido y… hasta la próxima. Había un toque abyecto en aquella componente de la personalidad tímida y acomplejada del escritor. Se acordaba siempre de la frase de un amigo, al cual había tratado, torpemente, de seducirle a la esposa. El amigo le gritó con crueldad, frente a ella: “Guatón, mejor búscate una maraca para que te haga cariño”.

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Nueva York


Pantaleón Luna siempre había movido su mercadería por los sectores altos de la ciudad, donde viven los ricos. Jubilado con una pensión precaria, otorgada para favorecer a las víctimas de la dictadura, había logrado salir adelante tras un largo período de penurias. Luna se consideraba un intelectual, le gustaba leer y escuchar música. No soportaba en su cabeza la idea, ni su cuerpo se lo permitiría, de ofrecer sus servicios para el aseo de calles o para fungir de guardia frente a un banco o para hacer de peoneta en un camión. Era un flaco esmirriado, de corazón débil; apenas podía llevar el maletín con ruedas que era su escaparate. Pero le gustaba lo que hacía.

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Cinco a la hora de Once

El 28 de julio de 1975, Valentín González Carrillo infirió con arma blanca a Francisco Fraga Villanueva una o varias de seis heridas, cinco de ellas penetrantes y mortales, una de las cuales interesó el pericardio y seccionó la arteria, dando lugar a la inmediata hemorragia que produjo la muerte casi instantánea de Fraga Villanueva.
El propio 28 de julio de 1975, Antonio González Martínez infirió con arma blanca al mismo Francisco Fraga Villanueva una o varias de seis heridas, cinco de ellas penetrantes y mortales, una de las cuales interesó el pericardio y seccionó la arteria, dando lugar a la inmediata hemorragia que produjo la muerte casi instantánea de Fraga Villanueva...

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El té se sirve en la veranda, bwana

Charles B., experto internacional, estaba advertido de los riesgos que conllevaba su viaje a Nairobi, Kenya. Le habían contado que la joya del África Oriental, en lugar de progresar, se había convertido en un país violento y desordenado; y una de las causas era, por ironía de la historia, la democracia. Tal cual. Después de décadas con régimen de partido único, la reciente apertura política o permisividad partidaria, dependiendo de si se estaba a favor o no del proceso, seguía llevando al país a olvidados ya que no inéditos estallidos de descontento social. Sobre todo, al rebrote de contradicciones tribales de ancestral data...

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No te mueras, Mirlo

 

La primera vez que vi a Mirlo en Paris fue un día de principios de primavera: habIa un sol espléndido en el boulevard Saint-Germain, aunque corría un viento frio que congelaba el alma. Yo deambulaba hilando las babas del destierro y buscándole sin ganas explicación al siempre asombroso fenómeno de los cambios estacionales, cuando me pareció distinguir la imagen imposible de Mirlo en toda la esquina del boulevard con la rue Saint André-des-Arts...

 

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Sherlock Holmes en Chile



Según cuenta el historiador chileno Alberto Edwards (1873-1932), en una fecha no muy precisa del año 1910, posiblemente durante la tibia primavera meridional, Sherlock Holmes, acompañado de su fiel Watson, descendió del tren en la recién estrenada Estación Mapocho (estructura de hierro, con planos encargados a Eiffel) de Santiago de Chile. Los ingleses venían desde Estados Unidos tras pasar por el Gran Ducado de Baden Baden, donde Holmes había trabajado de incógnito en un complicado caso, por encargo de una poderosa familia criolla...

 

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Reine Bec



He decidido terminar nuestra relación, me escribió ella desde México. No puedo, no debo, ni quiero continuar. Te estimo y aprecio, pero esta situación me agobia. No me preguntes por qué, no lo entenderías ni lo aceptarías. No me llames, que no contestaré… No lo hagas más difícil, por favor.
Me quedé pasmado, mirando a la pantalla con la tostada del desayuno enfriándose entre mis dedos paralizados. La noche anterior me había escrito: amorcito querido, no puedo vivir sin ti, no soporto tu lejanía… Teníamos una canción símbolo, How deep is the ocean?, que justamente se refiere...

 

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¿Tomó once la abuela?

En mi país, Monika, el ritual del five o'clock tea de los ingleses se practica según una impertinente versión nacional. Se le llama la once. ¿Por qué once, me habrías dicho té, aficionada como eras a los variados castellanos del Nuevo Mundo? Para tu ilustración, hay tres teorías, y quizá cuatro: una que afirma que esto viene de la tradición árabe, cuya forma de numerar las horas del día se inicia con la salida del sol, hacia las seis de la mañana, que es la hora cero. La hora once corresponde, entonces, a las cinco de la tarde. Mi país fue en tiempos de la conquista abundante en migración andaluza; lo que tal vez, digo yo, introdujo estos elementos de su cultura morisca...
Otra teoría asegura que la once se llama asÌ por el número de letras de la palabra aguardiente; es decir, infusión caliente, según una acepción en desuso, claro. En otras palabras, designa a lo que se bebe a las cinco ...

 

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C.V.

Hoy deliro de mala manera. Estoy lleno -hasta por dentro de los huesos húmeros- de arañas peludas, las que en los últimos siglos pasados en París -las arañas no me dejan percibir correctamente el transcurso del tiempo- se han ido multiplicando y creciendo, y al menor descuido comienzan a torturarme. No doy más.
Hace unos días debí irme de entrevista para postular a un trabajo -soy un parado, un cesante. Ya en el metro, ahogado por la corbata degradante y empaquetado en mi terno color marengo, me percaté que las peludas estaban en acción. El resultado fue llegar a la cita frenético, descontrolado. Mi corazón es el lugar predilecto de las alimañas: allí se junta a ver como decaigo.
Mi corazón, digo, era en ese momento una batahola de huemules en celo. Estuve a punto de desmayarme durante la entrevista -para peor, con un señor llamado Miccione. Le macabro vino cuando el interrogatorio pasó de mi rudimentario francés a mi casi inexistente inglés -en mi C.V. juraba hablarlo- y hube de defenderme no sólo de las ironías del arrogante Miccione, sino también de las arácnidas...

 

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Yon istwa damou

(Cuento en créole de Haití)

Mwen vle rakonte ou yon istwa. Yon istwa damou frè mwen. Gade...
Avan mwen te abite nan Afrik. Wi. Nan Afrik. Kan mwen te jèn. Pa trè jèn me plis jèn ke jodia.
Pou se plis presi oubyen egzak mwen te abite nan Kenya. Nan Afrik de Lès. Yon peyi plis develope nan zòn kanmenm.
Kèlkeswa lentensyon mwen pou vwayaj la mwen toune fasine avek peyisaj la ak kilti la ak pèp la. Enkwayab Afrik!
Mwen te genyen volunte pou fè enpil bagay pou rejwi lavi. Sa kap fèt?
Frè mwen konpay mwen. Mwen pa vle sanble omn na move konpòtman....

 

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