|
|
¿Tomó
once la abuela?
En mi país, Monika, el ritual del five o'clock
tea de los ingleses se practica según una impertinente versión
nacional. Se le llama la once. ¿Por qué once, me habrías
dicho té, aficionada como eras a los variados castellanos del Nuevo
Mundo? Para tu ilustración, hay tres teorías, y quizá
cuatro: una que afirma que esto viene de la tradición árabe,
cuya forma de numerar las horas del día se inicia con la salida
del sol, hacia las seis de la mañana, que es la hora cero. La hora
once corresponde, entonces, a las cinco de la tarde. Mi país fue
en tiempos de la conquista abundante en migración andaluza; lo
que tal vez, digo yo, introdujo estos elementos de su cultura morisca...
Otra teoría asegura que la once se llama asÌ por el número
de letras de la palabra aguardiente; es decir, infusión caliente,
según una acepción en desuso, claro. En otras palabras,
designa a lo que se bebe a las cinco de la tarde. Una variante popular
de esta teoría da a la palabra once un sentido de santo y seña
para aguardiente, en su significado actual de brebaje espiritoso; y como
es una palabra de once letras, la contracción once devino en santo
y seña para uso de los bebedores de antaño con el propósito
de encubrir sus complicidades etílicas... ¿Te estoy lateando,
Monika?
Hay quienes plantean, finalmente, que las once letras, o más bien
los once signos de la frase five o'clock, dieron origen a nuestra once.
En cuyo caso, la costumbre sería de origen británico. Posible,
ya que el Reino Unido ha estado presente en la formación de la
nación chilena, por alguna migración ligada a la marina,
la banca o la ingeniería. Esta teoría es cara a cierto snobismo
criollo que nos quiere ver "los ingleses de Sudamérica",
como te he contado.
En cualquier caso, en Chile la once es la hora del té, que se toma
en cualquier estación y localidad, y corresponde a un momento especial
del día. Por supuesto: es la carga para recuperarse de la también
en desuso aunque tradicional siesta; el excitante que hace falta para
dejar fuera la modorra y prepararse para la segunda parte del día;
sea para seguir laborando, sea para dedicarse al dolce far niente.
Hoy en día es el esperado premio que se asocia con la vuelta a
casa, tras la dura jornada de trabajo.
Pocos chilenos están dispuestos a perdonar la falta de la once.
Sobre todo en los largos y negros días invernales. Las demás
comidas del día pueden suprimirse, pero no la once, que es relajo,
conversación liviana y, sobre todo, regalo para el paladar. La
once chilena se compone de té muy caliente; y también de
tostadas, galletas y pasteles. Según la temporada, se acompaña
de sopaipillas, picarones o calzones-rotos, nuestras variedades familiares
de pastas dulces; o de tortillas de rescoldo, preparadas en los braseros
de carbón que calientan el ambiente en las casas campesinas. No
puedo traducirte estas palabras. No creo tampoco que tengan sentido donde
estás ahora.
Mi abuela, de quien deseo hablarte una vez más, no podía
pasarse sin su once. Era su
|
|