momento de gloria, el espacio de tiempo en que nadie le discutía el protagonismo. Siempre fue muy exigente con la calidad del té. En un país como Chile, no productor de té, las variedades de Ceylán, la India o China eran perfectamente distinguibles para ella, y gustaba de preparar mezclas según recetas propias de nunca divulgado contenido hermético. Decía: "No hay nada más rico que un té rico". En mi país se dice rico, delicadamente, para calificar un alimento a la vez sabroso y saludable.
Por eso yo te solía decir, simplemente, rica. ¿No lo has olvidado allá donde está ahora, Mónica?
Yo tenía casi diez años cuando la abuela se empezó a morir. Había sobrepasado los ochenta y cayó víctima de varios ataques cerebrales que la fueron dejando postrada, cada vez más dependiente de los demás. Pero la familia siempre se las arregló para que ella pudiera gozar de su té, de su once. Hasta que no fue posible, porque perdió incluso la capacidad de beber líquidos. Hubo que recurrir a la sonda y después al suero. Yo observaba con pena el apagarse de esa cara apergaminada, amarillenta, surcada de arrugas y manchada por unas pecas enormes que le fueron ocupando la cara, deforme además por el sufrimiento.
Un día creí comprender, más bien creí descubrir, una explicación: mi abuela se moría por falta de té. Yo había asistido toda mi vida a las sesiones familiares de ingestión del tradicional brebaje, y estaba consciente del rol supremo de la abuela en tales ocasiones. Ella preparaba las dosis y las mezclas, hervía el agua según c·nones temporales estrictos, cortaba rodajas de limón, quemaba terrones de azúcar y calentaba la leche, para asÌ satisfacer los gustos de todos y cada uno de los bebedores de té. Sus hijas, mi madre entre ellas, se ocupaban del pan y las pastas. El reino de mi abuela era el té, Monika. Te habría gustado asistir a esas sesiones.
Para ella las bolsitas de té eran un sacrilegio y jamás las aceptó en su mesa. Manejaba una colección de coladores, de distintos tamaños y mallas. Sus preferencias estaban por el té negro fermentado, aunque en ocasiones experimentaba con el té verde, que ella misma perfumaba con las flores de su jardín.
En ocasiones especiales, como ciertos fríos domingos de invierno, la once culminaba con la lectura de las hojas de té en los fondos de las tazas, ciencia en la que mi abuela era una aficionada poco certera... aunque muy entusiasta.
El té no moría con la once, sin embargo. Todos los remanentes de las teteras eran usados por la abuela como abono para las plantas de su patio, que rebosaba de maceteros y nichos con flores. Jamás la vi tirar a la basura las hojas y ramitas de té. también allí hacía combinaciones extrañas, diluciones, preferencias, según lo que llamaba los antojos de sus yerbitas.
Mi abuela cayó en un sopor permanente como resultado de su enfermedad. Yo observaba cómo, a través de una sonda en la garganta, se le hacía ingerir unas papillas que a mÌ me parecían asquerosas. Lo consideré una crueldad insoportable...

     
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