Aprendí cuidadosamente el procedimiento que mis tías practicaban varias veces durante la jornada. Algo tenía que hacer por mi abuela. Hasta que un días me atreví. Cuando nadie me observaba, deslicé por su sonda una tetera completa de té caliente. No recuerdo cuán caliente, pero estaba bien caliente. Lo hice lentamente como había visto hacer a mis tías. Vi la cara normalmente pálida de mi abuela ponerse rosada primero, y roja después. Bien roja. La vi abrir inmensamente los ojos y sonreír. Vi sendas lágrimas asomar por entremedio de sus parpados. Quiero creer que fue feliz por unos minutos.
Pude repetir la experiencia no más de tres veces porque la abuela se agravó. Respiraba con dificultad y era imposible siquiera pasarle una sonda. Tampoco había recuperado la fluidez de su garganta como para tragar. La familia recurrid al suero intravenoso. Esto también fue duro, porque las venas de la abuela ya no permitían intervenciones, y la piel suelta y reseca de sus brazos no daba facilidades para llegar a los conductos sanguíneos.
Pienso que la abuela padeció mucho durante ese proceso. Candoroso e imberbe como era, mis diez años me impulsaron a una experiencia aún más audaz que la anterior. Reemplazar las gotas de suero por té. Me pareció más fácil que el asunto de la sonda, pero requería mayores implementos y un instante propicio. Esto último no era fácil, ya que a la abuela se la mantenía sumamente vigilada. Pero un día lo logré. No hubo reacción visible, salvo una hinchazón y un enrojecimiento en la zona del brazo por donde penetraba la manguera del suero. Yo gocé más que ella con el asunto, al ver al té penetrar gota a gota en el cuerpo de la abuela. Estuve seguro de que eso la mejoraría. Nadie como ella era capaz de apreciar un buen té y yo me había esmerado en ofrecerle del mejor.
Terminó por morir la abuela, como era de esperarse. Nunca sabré si contribuí a acelerar su deceso, con tan singular oferta de té a una moribunda. ¿Crimen inocente? Tal vez. Sólo puedo asegurar que fue un homenaje a quien me transformó en un bebedor de té.
Espero que mi abuela esté en el cielo, esperándome, para volver a gozar de esas inolvidables onces de mi infancia, donde fue la sin par oficiante. Y para recrear con ella, y también contigo, Monika, los pocos instantes de amor con que la vida se dignó agraciarme...
Ahora entenderás por qué te hice lo que te hice, Monika, cuando estabas en coma en ese hospital, allá en tu país, sabiendo lo mucho que te gustaba el aguardiente, el eau-de-vie como decías, el agua que da vida, según me traducías. Igual que la abuela y su té.
Sé que ahora están juntas, por fin, tú, Monika y mi abuela.

     
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