Reine Bec



He decidido terminar nuestra relación, me escribió ella desde México. No puedo, no debo, ni quiero continuar. Te estimo y aprecio, pero esta situación me agobia. No me preguntes por qué, no lo entenderías ni lo aceptarías. No me llames, que no contestaré… No lo hagas más difícil, por favor.
Me quedé pasmado, mirando a la pantalla con la tostada del desayuno enfriándose entre mis dedos paralizados. La noche anterior me había escrito: amorcito querido, no puedo vivir sin ti, no soporto tu lejanía… Teníamos una canción símbolo, How deep is the ocean?, que justamente se refiere a la fuerza de los amoríos a distancia. Esto dio lugar a que inventáramos varios anagramas: Nice Beer, Recé Bien, Reine Bec, su predilecto. Y este otro, que recuerda que lo nuestro partió de un correo electrónico: Ciber Née. Y todo estaba terminando, precisamente, con otro correo electrónico.
El fin. Después de miles, miles de correos intercambiados durante tres y medio años.
Lo nuestro, como le llamo, era una perfecta parodia del amor romántico, con viajes a Praga y a La Habana, con visitas al México profundo, con regalos bien elegidos, conciertos de categoría y comilonas originales. Tenía su origen por lo demás en una atracción que había nacido en África, a los pies del Kilimanjaro, cuando nos habíamos conocido hacía un cuarto de siglo y nuestras vidas iban por otros derroteros. ¿Por qué me ejecutaría de esa manera tan sumaria? Me había dejado de querer, supongo. ¿O habría otro? ¿Otro? ¿Ella, una vieja cincuentona, arrugada como una anciana, con una verruga de bruja en la nariz y los pies como lanchones?
Bueno, ella no era tan así, pero yo me encontraba en un estado de delirio completo, reconozco que al principio casi me volví loco. Un seudo amor puede ser tan avasallador como uno verdadero, si es que tal diferencia existe. Respondí a su correo de despedida con un mensaje patético, arrastrándome, intentando la estrategia del herido, del dolido, del devastado. No lo acepto, le respondí desde Santiago, me destruyes. No entiendo, por favor escríbeme aunque sea una palabra.
Sólo recogí un silencio majestuosamente duro, su ordenador enmudecido, la grabadora del teléfono desconectada… Me humillé: te deseo, lloro, agonizo… Nada.

   
             
   
INICIO
 
Página siguiente