Intenté saber noticias de ella con sus primas, con su hermano, con
su ex marido, nadie me respondió. ¡Quién sabe que historias
habría contado de mí! Me acordé de lo que alguna vez
escribió Doris Lessing, de que uno en realidad es, con suerte, el
tercero en el amor de una mujer, ya que primero están el padre y
el hermano.
Lo que quedaba atrás constituía un plan compartido de vida
y muerte, no sólo los encuentros esporádicos (vivíamos
en distintos países), que se habían ido volviendo más
y más confusos y complicados, lo cual siempre interpreté como
parte de un proceso de envejecimiento, de climaterios mal asumidos, de neurosis
propias de la decadencia de los cuerpos, de fatiga ante la existencia. Nada
grave. Yo igual me entretenía, lo pasaba bien. Por cierto, la sola
idea de haber construido un romance en pleno tránsito a la senilidad
me parecía un valor en sí. Ella también lo veía
así. O a mí me parecía que lo veía así.
Pensaba, volvía a pensar, ¿que se habrá creído
esta vieja cabrona?
Empecé a hallarle todos los defectos imaginables. Que era una semi
analfabeta, no sé si había concluido el colegio, aunque no
puedo negar que era poseedora de alguna cultura. Sobre todo musical, ella
me dio a conocer a Nancarrow, a la Gubaidulina, a Scelsi... Tenía
unos vagos estudios de arqueología en México, nunca terminados,
supongo que por imposición del marido, aunque no sé si hubiera
contado con inteligencia para arribar a una carrera universitaria. Pero
de piedras aztecas algo sabía. Que se gastaba un ego desmesurado,
claro que puramente genético, ya que era hija de un gran arquitecto
y de una exitosa escritora, célebres ambos, a quienes yo había
conocido fugazmente; sus distantes progenitores eran los propietarios legítimos
de unos egos de esos que sólo los mexicanos pueden permitirse. Pero
ella era una doña nadie: un cero a la izquierda con ese mismo ego,
sólo que de imitación, heredado, abusivamente apropiado. Que
además era una enferma mental, la había conocido adicta a
los tratamientos psicoanalíticos, de aquellos que unos farsantes
con apellidos como Cohen o Montes de Oca trabajan para sacarles plata a
las viejas ricas. Parte de su dieta eran antidepresivos y toda clase de
grageas. En fin.
Como la amaba, carajo... Y ella me trataba como si yo fuera su tesoro, me
apapachaba sin límites. Porque era una vieja rica. Le sacaba plata
al marido, al padre, a la madre y al estado mexicano. Me hacía regalos
espectaculares. Mientras los indios se morían de hambre y miedo...
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