Mi elucubraciones alcanzaban niveles realmente delirantes, me daba cuenta.
Porque la adoraba sin tapujos y la deseaba insanamente. Habíamos tenido una relación carnal más bien tímida al principio (estuvimos varios meses fornicando sólo por correo electrónico), y luego cuando nos juntamos, lo practicamos sin restricciones. Me acuerdo que un día, cuando recién habíamos empezado y mis avances en la cama estaban entrando en un terreno peligroso, le dije, ¿no lamentas haberte enredado con un psicópata? A lo cual me respondió, sus ojos verdes brillantes de picardía: hace muchos años que buscaba uno...
Esa frase fue el inicio de una escalada, lo reconozco. Me conozco. Primero hubo espacio para las osadías, las posturas difíciles y las variantes complicadas, las intrusiones, las exigencias. Después vino la etapa de las vejaciones o mejor dicho del placer que se puede sacar de ello, que rebasa lo corporal como se sabe. Después, obviamente, fue el tiempo de la violencia. Paulatina, creciente, buscando el límite de lo soportable. No soy masoquista me dijo una noche. Yo no soy sádico, le respondí. Entonces podemos seguir, acordamos tácitamente.
En una ocasión, tras un desenfreno particularmente fuerte, me desperté de repente en el balcón de su departamento en La Condesa. Sus brazos me tomaban de las axilas y mi cabeza se alzaba frente a su pubis, cubierto apenas por la gasa ligera de su camisón de dormir. Vi a través de la tela el triángulo querido y me adelanté para besarlo, buscando el impudor de sus caderas desnudas. Pero me di cuenta que ella estaba forcejeando para lanzarme a la calle. Me había arrastrado no sé como hasta ese lugar, aunque era alta y fuerte; seguramente yo iba inconsciente tras una simulación de estrangulamiento demasiado aplicada. Era un quinto piso, de modo que el costalazo iba a ser duro. Very nice, le dije, pero no soy como el coyote, me reí, no reboto ni tampoco rompo las aceras para llegar a un colchón salvador en el sótano. Se rió. Sus largos y olorosos cabellos ondeaban al viento primaveral, como los de una recordada reina de Egipto. Nunca la vi tan bella como entonces.
Hicimos el amor de nuevo allí mismo en el balcón, me pinché las nalgas con un gran cactus que vivía allí en su maceta, un ejemplar autóctono que habíamos recogido moribundo en un parque cercano. Lo considerábamos nuestro hijo. Nuestro hijo me desgarró el culo, le dije.

   
             
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