ENTREVISTAS A BARTOLOME LEAL
¿Por qué usa usted el seudónimo de Bartolomé Leal para escribir sus novelas?
En realidad no es un seudónimo. Bartolomé Leal es un heterónimo en el sentido que le dio el poeta portugués Fernando Pessoa. No se trata de un nombre falso (seudo) sino de un nombre otro (hetero). Responde a una personalidad diferente de mí mismo, si usted lo quiere interpretar así...
¿Y cuál sería su personalidad y cuál la otra?
No es tan evidente. En realidad Bartolomé Leal existió. Era un primo mío, aunque no un verdadero primo. Nuestros padres eran amigos de muchos años, sin parentesco a pesar del apellido común. Mi primo Bartolomé (le decíamos Tolo) fue mi compañero de juegos desde la infancia. Un desaforado, un loco peligroso me atrevería a decir, el personaje más insólito que me ha tocado conocer. Con él hacíamos las cosas más extravagantes, caíamos en el delito nefando de la sodomía, nos masturbábamos a dúo de manera bárbara, nos fornicábamos a las sirvientas, a las primas, incluso a algunas tías más o menos de nuestra edad. Siempre inventábamos juegos donde las niñitas tenían que bajarse los calzones o tocarnos el pito... Éramos unos infantes, claro.
¿Qué fue de su primo?
No me interrumpa. Siendo adolescentes hicimos pactos de sangre, tengo de testigo estas cicatrices en las muñecas, observe. En una ocasión bebimos ambos el mercurio de sendos termómetros, todavía lo debo tener adentro, alimentando quién sabe qué tumor maligno. Practicamos incluso el canibalismo... Su padre era ex militar, piloto y cazador aficionado. Tenía armas en casa, de modo que jugábamos a la ruleta rusa y a duelos con pistolas de verdad. Usted nunca ha sentido pasar una bala silbando junto a la oreja, ¿ah? Pues yo sí...
¿Se hirieron alguna vez?
Mi primo me hirió en una nalga, esa cicatriz no se la puedo mostrar, pero créame que es grande. Éramos crueles, teníamos victimas a quienes brutalizábamos. Le cuento. Mi primo Tolo vivía con sus viejos en una parcela cerca de Puente Alto, donde habitaba también una familia de campesinos que cuidaba la huerta. Uno de los niños era casi de nuestra edad, un poco menor en realidad, le decíamos Caquilla. Lo ensartábamos y golpeábamos sin compasión; apenas nos veía comenzaba a chillar, pero igual nos acompañaba a todas las locuras, a matar gatos, robar frutas en las parcelas vecinas, mutilar pájaros o espiar a nuestras madres y tías cuando entraban al baño... A una empleadita mapuche la acosábamos todo el día, en la cocina, en su pieza cuando rezaba, mientras orinaba. Nos tenía terror. Pero cuando la echaron de casa acusada de corrompernos, lloró. No quería irse.
![]() |
|||
![]() |
|||