Y casi nadie asiste a los estadios. Hay violencia, claro. Riesgo de robo o ataque. Pero también mediocridad, profunda mediocridad prodigada con creces en el césped.
Detrás de ellos, de los dirigentes, digo, están los periodistas deportivos. Es cierto que a menudo se les echa la culpa de todo; mas los periodistas chilenos son simplemente los cómplices de la catástrofe. No se inmutan, se alinean con el dirigente tal o cual, por repugnantes razones; no quieren perder su millonario trabajo en la tele o su magro pero seguro salario en la radio o el periódico. Ven pasar el cadáver putrefacto del fútbol chileno, y cierran los ojos y se tapan las nariz. Igual siguen en lo suyo, transmiten y comentan los partidos, como si no sucediera nada grave, como si el espectáculo penoso de que son testigos fuera lo más normal. No les queda sino dar al sufrido aficionado el dudoso consuelo de los astros del extranjero (hoy en día no brillan más que un par).
Y... ¿los futbolistas chilenos? Son unos privilegiados en una sociedad de pobretones, la mayoría proletarios ellos mismos, cuerpos frágiles, mentes débiles. ¿Tienen mejor preparación física que los futbolistas de antaño, mejor técnica? No se ve eso, por ningún lado, en tal masa anónima de hombrecitos esforzados que corren desordenadamente detrás de una pelota que les resulta demasiado pesada, incontrolable. Unas cuantas estrellas fugaces destacan y se imponen, atropellan y parlotean, en el país o afuera, sobre todo si han logrado instalarse en algún club de los grandes de Europa. Pero pronto se dedican a perseguir a las modelos, a pagarse drogas caras, o a hacer los negocios obvios: gimnasios y clubes deportivos, promoción de marcas de zapatos o automóviles, fabricación de camisetas y galardones. Cuando no logran lo anterior, pasan a transformarse en dirigentes o entrenadores. Sin educación formal, ni vocación, ni experiencia de éxitos. Y el círculo vicioso se agranda.
Por todo eso, odio al fútbol.
Tal vez veo otra cosa distinta en esas canchas, son arenas virtuales, son mis propios fantasmas, son mis frustraciones. No sé. Tal vez estoy ciego para el fútbol.
No me hallo calificado para escribir sobre fútbol.
Mea culpa.

 

 

Sigue: El joven pariente

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