El detective impresor, que basa su trabajo más en el conocimiento de la condición humana que en pistas, huellas y demás faramallas, gracias a la cultura que le ha dado su trabajo de editor, regala información histórica sobre la coca y nos provee de enseñanzas tomadas de la lengua aymara (Yungas significa tierras calientes, porque en esas cañadas ubérrimas eran confinados los habitantes andinos que transgredían las normas).

Esta novela que no desdeña la escatología (puñaladas y sesos por todas partes) ni el erotismo al rojo vivo, pone un fuerte acento para hacer a los aymaras personajes literarios. Ellos sufren la represión de los traficantes pero también ayudan y protegen a Connington y al detective y, lo más significativo, en medio de la fiesta ceremonial más ostentosa e impresionante que los indígenas llevan desde las sierras hasta la ciudad capital (con bailes, cantos, dramatizaciones y estrambóticos disfraces que hacen la gloria de los travestidos), tiene lugar el desenlace de la novela.

Si las selvas han sido refugio de perseguidos, de insurgentes y de locos que construyen allí teatros para escuchar ópera (Fitzcarraldo), hoy las habitan los traficantes y Bartolomé Leal paga su cuota al infierno verde: “Las partes hondas de la selva, plagadas de musgos resbaladizos y hongos de monstruosa apariencia, bichos que pululaban por aire y suelo, y fangos donde primaba la podredumbre, contrastaban con la belleza sublime de enormes mariposas que refulgían al pasar por un rayo de sol que lograba colarse entre el techo de árboles y vegetación. Las partes más altas, en cambio, lucían colores más claros y una vegetación más amable y menos variada, producto de la intervención humana (...). La selva era allí tan tupida que era casi imposible avanzar caminando por el suelo, y había que pasar de un árbol a otro en muchos casos, o arrastrarse como ofidio por un suelo húmedo y fétido, todo en una semipenumbra que lo liberaba del ataque del sol candente, pero hacía que se tuviera la sensación de estar metido en un horno...”.

Morir en La Paz, en efecto, es una novela policiaca, pero se yergue también como una novela sin adjetivos.

 

¡Siempre! Presencia de México
Núm. 2807, 1 de abril de 2007