Diario de Haití

A menudo los interesados en expresarse por medio de la narrativa se formulan la pregunta: ¿puede el trabajo de uno llegar a convertirse en literatura? O más específicamente, ¿se puede sacar del trabajo de todos los días, material para un cuento? Aún cuando no tengo una respuesta tácita para tal pregunta, voy a intentar con estas notas relatar para los lectores de este sitio mis experiencias recientes en Haití. Más específicamente, he recorrido la península del sur, una de las partes de la configuración geográfica de Haití, el dedo de abajo de la isla (compartida con la más próspera y estable República Dominicana) que, cual signo demoníaco, marca la morfología de esta desdichada nación del Caribe. Pido disculpas, entonces, por el carácter un tanto provisional de este texto que podríamos calificar de “prosa súbita”. 

En realidad, empecé mi misión en Puerto Príncipe, la capital de la República de Haití. Haití fue el primer país de América, tras los Estados Unidos, que se liberó del yugo colonial, en su caso de Francia, durante los años de la revolución francesa. Con ella llegaron a la isla Hispaniola las ideas de “liberté, egalité, fraternité”; aunque también arribó a sus costas, como lo ha señalado Alejo Carpentier, la ominosa máquina de muerte llamada “guillotina”. Y tal rebelión tuvo un carácter especial, ya que fue un levantamiento de los esclavos negros de las plantaciones de caña de azúcar, que con eso ganaron su propia emancipación, en un mundo donde aún privaba la vergüenza del sistema esclavista.

Y digo mi misión de manera literal, porque soy una especie de misionero. Pero un misionero de corte moderno. No predico paraísos ilusorios, sea en este mundo o en el otro. Reconozco, sin embargo, una misión en el terreno de la utopía: la paz entre los pueblos, la dignidad humana y la integración en la diversidad como forma de progreso. Todo lo anterior lo hago en tanto modesto trabajador de un organismo internacional, no pretendo liderar nada. Pues esta vez llegué a Haití (por tercera vez, las dos veces anteriores en el 2007) formando parte de un equipo encargado de evaluar, en sus dimensiones económica, social y ambiental, los recientes desastres naturales que castigaron a este país el año pasado: el ciclón Dean durante el mes de agosto, las grandes lluvias de octubre y, como remate, el huracán Noel, que se dejó caer con toda su virulencia en noviembre, asolando la mayor parte del territorio haitiano.

 
           

 
 

He aquí mi relato.

Lunes 11 de febrero 2008 – Port-au-Prince, Jacmel

Aterrizo en Puerto Príncipe desde Miami, en el vuelo de American Airlines, modo en el cual debo obligatoriamente combinar para llegar a Haití desde Santiago de Chile. Casi pierdo la conexión, aunque tenía dos horas para hacerlo. Todo se debe al delirio con la seguridad. Una hora para timbrar pasaporte, en una fila interminable de viajeros agotados, a las 5 de la mañana; y eso que tengo apenas una inofensiva visa de tránsito. Otra hora se alarga en la revisión exhaustiva y desorganizada de maletas, bolsos de mano, computadoras, zapatos y ropajes. Logro finalmente alcanzar mi avión, corriendo por los pasillos del inhóspito aeropuerto de Miami. Una vez en la ciudad de Puerto Príncipe, me llevan directo a una reunión con 3 ministros, que sudan dentro de sus trajes negros y sus corbatas monocromas, mientras yo me instalo en la sala, atrasado, medio entontecido por el vuelo nocturno. Visto ropa informal, me siento un poco fuera de lugar. De todos modos soy recibido afectuosamente por los demás colegas miembros de la misión: he sido el último en arribar. Me dicen que de allí nos vamos directamente a Jacmel, al sur del país, un viaje por carretera de casi 3 horas. Nos acomodamos en dos vehículos 4x4. Quedo en el asiento de atrás, al medio, lo cual resulta la mejor ubicación para conseguir una panorámica de la ruta. Es mi primera bajada a esa parte del país.

La carretera, impecable aunque llena de curvas que marean, sube hasta los 2.000 metros por los bellos boscajes de los montes haitianos, donde predominan los cocoteros, los bananos y los mangos. En muchos lomajes crecen, tras la deforestación secular, unas plantas que asemejan juncos, de hasta un metro de altura más o menos, de un color marrón claro en el extremo de unos tallos verde pálido. Se trata de una modesta plantita llamada vetiver, autóctona de Haití, la cual se procesa y destila para producir unos aceites esenciales que van luego a Europa para la fabricación de los famosos perfumes del mismo nombre. Grandes fardos, acarreados por burros o mujeres, muestran el dinamismo de esta actividad que requiere mucha mano de obra, aunque, como es habitual, lo que resta para los campesinos es escaso en relación a la ganancias fabulosas de los que manejan el negocio.

 
             
 
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