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En Jacmel nos instalan en un hotel de playa, llamado Cyvadier, sorprendente por la belleza paisajística de sus jardines, ricos en plantas autóctonas. Ocupa un promontorio que mira a una pequeña bahía rodeada por dos istmos arbolados. Abajo se ve el mar Caribe, de azul intenso, con vista al poniente, de modo que disfrutaría luego de magníficas puestas de sol. Cuando conozco a la propietaria, quedo deslumbrado. Es una belleza haitiana de sangre mezclada, que se acerca a la cincuentena, denunciada por algunas canas en su hermoso pelo negro, el cual lleva liso y bien estirado, formando un moño que se alza levemente en la nuca. Viste una amplia camisa y pantalones blancos, impecables. Su camisa, sin mangas, tiene un cuello chino y muchos botones también blancos. Unas sandalias de cuero que realzan las uñas de los pies, delicados, pintadas de rojo intenso. Grandes aros y anillos en varios de sus dedos revelan su coquetería, recargadamente exótica. Me saluda juntando las manos y con una leve inclinación, a la mera hindú. Su cuerpo es simplemente perfecto, seguramente es una adicta al yoga. Maneja una sonrisa hermosa, sus dientes casi relampaguean. Aún cuando tal sonrisa luce un tanto profesional, la mirada profunda de sus ojos negrísimos parece ofrecer algo intenso y cálido. Quedo con ideas. Veo pasar al marido, un blanco casi anciano, de grandes barbas amarillentas, una pipa apagada en la boca. Resulta ser alemán. Conversaría brevemente con él, ya que lo sorprendo en el comedor al aire libre, con vista a la rada, mientras lee un libro de Tony Hillerman. Le hago en inglés el elogio de este gran maestro de la novela negra etnológica, pero no muestra interés en conversar, salvo las dos o tres palabras que exige la urbanidad. |
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Martes 12 de febrero 2008 - Jacmel Se empieza a desarrollar el taller de 3 días para el cual hemos sido convocados en tanto expertos internacionales en la evaluación de los desastres llamados “naturales”. Un grupo entre entusiasta y resignado de unos 60 funcionarios públicos haitianos son nuestros alumnos. Han sido seleccionados por sus instituciones y algunos tienen cara de haber sido obligados a asistir. Llenan un salón donde nos congelamos gracias al aire acondicionado, en la oscuridad por añadidura, debido a la falta de ventanas y la mala iluminación, como consecuencia de los hábitos de construcción en ese clima, donde su busca la sombra para evitar los grandes calores, sobre todo en esta época de “invierno”, cuando impera una sequía tenaz. La comida es invariablemente a base de pescado. Se trata de un país que ha caído en grados extremos de pobreza y no ha conocido episodios masivos de hambruna, excepto en los enormes hacinamientos marginales de la capital. Todo gracias a la generosidad del mar. Es una cultura de pescadores, que ganan su vida, o al menos su subsistencia, pescando diversas variedades de pescados como la dorada, el róbalo y la tilapia; y mariscos, como la langosta o el lambi (el caracol de una concha enorme que es todo un símbolo en Haití, ya que con las trompetas hechas con sus conchas se comunicaban los esclavos durante la sangrienta rebelión que puso fin al yugo francés). Es el mar pródigo el que hace la relativa riqueza de lugares como Jacmel, Les Cayes y Port-Salut, donde hay bellas casas de gente pudiente y se conocen algunos turistas. Y es el mar también el que impide que poblados misérrimos como Tiburon colapsen por falta de alimentos. Ya tendría oportunidad de pasar por allí. Miércoles 13 de febrero - Jacmel Me despiertan en la mañana los cantos de los gallos. En el semisueño creo sentir que son personas que gritan para intercambiar mensajes, ya que oigo ecos en la lejanía, con diferentes matices, sobre todo en las notas finales. No suenan como los gallos que he escuchado antes. Parece haber ciertos énfasis en sus clarinadas, alargamientos de manera extrañamente expresiva para mis oídos. Suenan como gritos de niños jugando. Despierto finalmente con la convicción de que se trata de los muertos, encarnados en estas aves domésticas, que por las mañanas intercambian consignas destinadas a avisar de la vuelta a las tumbas, no deambular más en la oscuridad, como lo han hecho por siempre en este país. Al menos así lo aseguran las creencias vudú, esa religión mezclada, hecha de animismo y cristianismo, que aún pervive en este pueblo compuesto en casi un 100% de descendientes de los esclavos, la mayoría de pura raigambre africana, más unos pocos mezclados. Aquellos cuyos ancestros llegaron de África, cargados de cadenas y con sus dioses aún instalados en el alma. Son también insólitos los perros, aúllan mientras los gallos expelen sus llamadas. Me explican que los perros lo hacen para espantar a los demonios que acechan a los muertos vivos para llevarlos al averno. No bromeo, tengo amigos con Phd. que me aseguran que los muertos vivos sí existen en Haití y que no constituyen una mera superstición. Eso explica cosas que ya veré cuando visitemos Les Cayes y contemple con mis propios ojos las casas de los muertos. |
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