Philae, la isla sagrada


En septiembre de 1980, tuvimos Andrea Matte-Baker y yo la oportunidad de visitar Egipto. Uno de los hitos en este viaje, que habíamos programado cuidadosamente, fue navegar por el Nilo a la isla de Philae, en las cercanías de la ciudad de Asuán, cuyo nombre tomó la represa que se hizo famosa por los desastres que provocó el lago artificial que originó, al inundar algunos de los invaluables tesoros del arte y la arquitectura del tiempo de los faraones.


Un poco de historia


La historia de la isla de Philae, “la perla del Nilo”, que mantuvo el culto a la diosa Isis en plena era cristiana (y que por cierto lo mantiene abiertamente hasta nuestros días), se remonta al año 1900 A.C., cuando el faraón Sestrosis I perforó un canal en el muro de granito en la Primera Catarata a fin de llevar sus tropas para poner orden en la revuelta Nubia.
Ubicada en las cercanías de ese luctuoso canal, en los rápidos del Nilo, la isla de Philae y sus maravillas ya habían sido descritas por Plutarco en sus “Vidas Ilustres” (70 D.C.). este historiador griego fue un declarado adorador de Isis. Por entonces, la fama le venía de la generosidad de su fértil suelo, que la poblaban de árboles, flores y pájaros, amén de su prestigio como lugar mágico, bendecido por los dioses; pero sobre todo porque era la puerta de las inundaciones bienhechoras del río sagrado. Bien temprano en la rica religión egipcia, el culto a Isis, la diosa madre, hizo que Philae fuera reconocido como el mayor santuario de la divinidad femenina principal del panteón del país del Nilo. Su culto, aunque hoy secreto y minoritario (léase esotérico), tiene 5.000 años de vigencia.
Pero fue recién durante la dinastía de los Ptolomeos, que el islote rocoso llamado Philae desde la antigüedad se transformó en un santuario célebre en el mundo entero. Alejandro el Grande había conquistado Egipto en 332 A.C., iniciándose así la sucesión de faraones macedonios llamados Ptolomeos, entre los que estuvo la famosa Cleopatra, que reinó entre los años 51 y 30 A.C. Otra reina greco-egipcia memorable fue Berenice, la de los hermosos cabellos, esposa del belicoso Ptolomeo III Evergetes (246-221 A.C.). Los Ptolomeos adoptaron la religión egipcia, seguramente por razones de Estado, particularmente el culto de la tríada Osiris, Isis y Horus.
Fue precisamente en Philae que Ptolomeo II Filadelfo (285-246 A.C.), de la dinastía de los Legidas, una rama de los Ptolomeos, hizo construir un gran templo en honor a Isis. No sólo este templo es recordado como obra de tan reputado protector de las letras y administrador distinguido. Filadelfo fue el impulsor de la traducción al griego de la Biblia Hebraica (llamada también Biblia de los Setenta) y el constructor del celebérrimo Faro de Alejandría, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. En su honor, cabe agregar que concedió la libertad a los israelitas, como agradecimiento por la traducción de los libros sagrados.
Un siglo antes, sin embargo, el faraón Nectanebo I (380-363 A.C.) había hecho construir un templo en Philae, del cual sólo resta la puerta principal del Primer Pilón, asimilada al templo de Isis.
El culto de Isis ganó enorme popularidad durante el período ptolomeico, estableciéndose sólidamente en todo Egipto y el mar Egeo, llegando incluso hasta Roma, donde la diosa adquirió la reputación de protectora de los marinos. En Nubia tuvo también una importante expansión, con lo que Philae se transformó en su metrópolis religiosa por excelencia y lugar de peregrinación. Esto está atestiguado por numerosas inscripciones debidas a los respetados sacerdotes de Philae.
Pero pronto vino la reacción. El Imperio Romano, que se anexó Egipto en 30 A.C., no se mostró muy favorable al culto de Isis, especialmente Augusto, quien no veía con buenos ojos a la diosa de su enemiga Cleopatra. Sin embargo, por razones seguramente políticas, hizo construir un nuevo templo en la punta norte de Philae. Tiberio y otros emperadores posteriores fueron dejando su marca en la isla, ya sea con inscripciones o relieves que agregaron a los templos ya existentes.
Cuatro emperadores romanos hicieron erigir nuevas construcciones: Claudio I (41-54 D.C.), levantó el templo de Horus (recordemos que Claudio I fue Tiberio Druso, el esposo de Mesalina y Agripina, que murió envenenado por esta última). Trajano (98-117 D.C.), el vencedor de los dacios y de los partos, hizo construir el famoso quiosco que lleva su nombre y que se encuentra en la parte oriental de la isla. Adriano (117-138 D.C.), erigió el portal y el vestíbulos situado cerca del templo de Horus. Finalmente Diocleciano (284-305 D.C.), tristemente célebre perseguidor de cristianos (su reinado fue conocido como la “era de los mártires”), fue el responsable del portal de ceremonias en el extremo norte de la isla.
Esta proliferación del culto de la diosa Isis sufrió un revés cuando, en 391 D.C., el emperador Teodosio lanzó su decreto de prohibición de los cultos paganos en todo el Imperio Romano, en un afán por imponer el cristianismo como la religión oficial imperial. A pesar de todo, Philae continuó manteniendo su posición privilegiada, probablemente para no exacerbar a los exaltados nubios, que fueron autorizados a continuar ofreciendo sacrificios en la isla. Pero no por mucho tiempo.
La resistencia de Philae fue finalmente vencida por la fuerza. En 536 D.C. Justiniano I envió a su general Narses para aplastar este último bastión del paganismo en Egipto. El templo de Isis fue clausurado, los sacerdotes expulsados y muchas estatuas trasladadas a Constantinopla como botín de guerra. Para completar el golpe de fuerza, el obispo Teodoro transformó la gran sala hipóstila (de columnas) del templo de Isis en una iglesia dedicada a san Esteban, el primer mártir del cristianismo, lapidado en Jerusalén. La isla fue así ocupada por una comunidad cristiana. El templo de la diosa fue dañado irreversiblemente por éstos, que desfiguraron algunas imágenes de las divinidades egipcias y pusieron cruces e inscripciones, aunque sin lograr destruir la grandeza del conjunto.
Curiosamente, grandes cantidades de peregrinos siguieron llegando a la isla, en los siglos venideros, para rendir culto a Isis, manteniendo viva la tradición de Philae como isla sagrada. Diversos testimonios en escritura jeroglífica han demostrado que el conocimiento de la lengua antigua se mantuvo por varios siglos en Philae. La dominación musulmana, que tan temibles atentados provocó en otros lugares, no significó demasiado daño adicional para los monumentos de la isla, con excepción de la iglesia de San Esteban, que fue convertida en mezquita.
En 1798 una nueva desgracia se abatió sobre la isla: las tropas de Napoleón Bonaparte, bajo el mando del brigadier general Augustin-Daniel Belliard, desembarcaron en la isla como parte de la campaña que, con 38.000 soldados, había lanzado el Corso para expandir su Imperio. El barón Dominique Vivant Danon, cronista de las tropas napoleónicas, describe en su “Voyage dans la Haute et Basse Egypte” el terror impuesto por la soldadesca. Su presencia ominosa quedó presente en los antiguos templos en la forma de inscripciones de nombres y fechas, más algunos dibujos grotescos.
Es justamente a partir de la invasión napoleónica que se inicia la etapa de saqueo de los monumentos egipcios por parte de coleccionistas, cazadores de curiosidades y científicos inescrupulosos.


Philae bajo las aguas


El peor daño a la “perla de Egipto” vendría sin embargo un siglo después. En 1898, bajo el dominio británico, se inició la construcción de la represa de Asuán, lo que significó la inundación de la isla de Philae y sus templos, los cuales quedaron visibles sólo parcialmente en medio de las aguas. Pierre Loti, en indignada y emotiva protesta, escribió contra la represa en su libro “La muerte de Philae”, “ese lago sacrílego que se ha tragado en sus negras aguas ruinas de un valor incalculable, templos de la divinidades egipcias, iglesias de los primeros siglos de la era cristiana, pilares, inscripciones y símbolos”.
En 1956, vino el golpe de gracia con la decisión del gobierno egipcio de construir una nueva represa, la más grande del mundo por entonces, lo que dio origen a un lago de más de 500 Km. en medio del desierto, actualmente conocido como lago Nasser. Philae fue de allí en adelante completamente cubierta por las aguas, salvo durante ciertos períodos del año en que se podían ver las cimas de los pilones.
Fue entonces que la preocupación mundial por la destrucción de los monumentos de Nubia se concretó en un llamado de la UNESCO para su recuperación y salvaguardia. El resultado fue su traslado, piedra por piedra, a la vecina isla de Agilkia, donde los templos fueron reconstruidos bajo la supervisión de los mejores expertos de muchos países. Con las mismas técnicas utilizadas miles de años atrás, los templos de la isla fueron desmontados en 45.000 bloques y rearmados completamente en marzo de 1980, donde están hoy día, para solaz de viajeros y estudiosos.
Fue allá donde Andrea y yo llegamos, tersos de mención, una tarde de septiembre de ese mismo año 1980, a contemplar uno de los pocos lugares en el mundo donde el concepto de sagrado no es un adjetivo sino un elemento intrínseco. Uno modesto bote nos llevó desde tierra firme por el Nilo, sorteando islotes y rocas que sobresalían de las aguas, conducido por unos jovencitos que cantaron para nosotros durante el breve trayecto, acompañados de una balalaika y un tamboril.


Isis y Osiris


En tiempos antiguos se remontaba el Nilo a partir de Asuán y la gran isla Elefantina, para encontrar tres islas pequeñas muy próximas una de otra: Konosso, Philae (donde se encontraba el templo de Isis) y Bigeh, la isla santa que albergaba al antiguo Abadón, el santuario de Osiris, lugar inviolable donde nadie tenía el derecho a penetrar. Cada diez días la diosa Isis viajaba en la barca sagrada desde Philae al Abadón, para atender a su hermano y esposo. Sobre todo para recomponer su cuerpo, desmembrado en 13 partes por su hermano y rival, el envidioso Seth, quien lanzó los trozos al río Nilo. Una vez al año Isis hacía el viaje con el hijo de ambos, Horus, para repetir el misterio de la resurrección de Osiris.
No es raro que el culto de Isis y Osiris haya tenido tanta importancia en Egipto, las islas griegas e incluso parte de Europa, ya que el conjunto de valores positivos que contiene el mito lo hacen a la vez conmovedor y significativo. Un dios bienhechor y agrícola, muerto por traición y luego resucitado gracias al amor de su esposa, la cual después educa al hijo de ambos, Horus, con astucia y amor, responde a rasgos profundos de la naturaleza humana. No en vano la figura de Isis dando de mamar a Horus sentado en sus rodillas, ha pasado a ser el más antiguo símbolo del amor maternal y la continuidad de la vida.
Era tarde avanzada cuando Andrea y to descendimos en la isla de Philae, y permanecimos allí hasta que oscureció, disfrutando al sol que en el horizonte doraba las aguas del río sagrado. Respetando la tradición permanecimos en silencio para no turbar la paz del cercano Osiris. No hay palabras para describir la experiencia, para ello mejor remitirse a las fotografías, testimonio de uno de los transportes estéticos más bellos que nos tocó vivir juntos, a nosotros, que tanto nos queríamos por entonces, y que tanto nos seguimos queriendo ahora, casi un cuarto de siglo después.

 

 
 
 
     
 
 
     
 
 
     
 
 
     
 
     
 
     
 
 
     
 
 
 
 
 
 
   
 
   
 
   
 
   
 
   
 
     
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