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La novela policial etnológica
(Ponencia efectuada por Bartolomé Leal en el Encuentro de Narrativa
Policial Latinoamericana, Valparaíso, Chile, Abril 2002)
Tal vez el esquema instintivo que guía mi práctica del género
policial (y aclaro que uso el término cual comodín, sin hacer
distinción entre narrativa de enigma y género negro, corrientes
que de hecho mezclo en mis escritos), está conformado por mi experiencia
vital, donde los viajes y la residencia en países diversos han jugado
un rol central... El impulso por poner en palabras tales vivencias se traduce
en dos niveles escriturales: un diario de vida más o menos rigurosamente
mantenido, y la redacción de novelas y cuentos.
El diario es para mí una necesidad, un afán compulsivo por recoger
detalles de mi quehacer cotidiano, en aspectos distintos a los requerimientos
de la subsistencia; y contiene no sólo textos míos sino también
citas, recortes, imágenes, nombres y números. Por otra parte,
la narrativa policial es el género donde me siento más motivado,
por haber sido por décadas un lector fervoroso. Un género por
lo demás tan amplio en expresiones, que el fanático nunca deja
de encontrar nuevos autores con que satisfacer su vicio de lector.
Los casi cuatro años que pasé en Africa del Este, concretamente
en Kenya, fueron importantes en mi educación sentimental, y me dieron
una segunda patria y un repertorio casi inagotable de temas, lugares y personajes.
El resultado es un ciclo de novelas ambientadas en Kenya cuyo protagonista
es el detective mulato Tim Tutts, que rige una oficina de investigaciones
privadas en Nairobi, la capital del país, ubicada en River Road (que es como decir San Diego en Santiago), la calle popular
por excelencia. He perpetrado una novela publicada en 1994 que lleva por título
Linchamiento de negro, más dos inéditas ya terminadas y en busca
de editor: Negro Viola Blanca y El secreto del rinoceronte deprimido. La novela
publicada fue bien recibida y tuvo críticas amables, pero ninguna repercusión
entre el público, salvo algunos lectores entusiastas que me han hecho
saber lo mucho que se entretuvieron y aprendieron leyendo ese libro.
Mi enfoque del género tiene antecedentes, y aquí entramos al
tema de esta ponencia. Hay una corriente de la narrativa policial, un subgénero
si se quiere, que los críticos franceses han dado en llamar la novela
policial étnica o etnológica. Se trata de un tipo de narración
donde los típicos de las etnias, las razas, las culturas primitivas,
la brujería, los conflictos colonialistas y tópicos similares,
aparecen en el corazón mismo de la obra. Argumentos, tramas, personajes
y locaciones responden a un deseo de testimoniar sobre los conflictos mayores,
explícitos o escondidos, que existen en muchas sociedades marcadas
por la diversidad racial, cultural y religiosa.
Como todo subgénero que se respete, el policial étnico tiene
su profeta, su pontífice y sus discípulos. El profeta, el maestro
iniciador del subgénero, es el australiano Arthur Upfield. Autor prolífico,
nacido en Inglaterra, fue enviado sin miramientos por su padre a trabajar
en las enormes praderas de Australia, ya que lo consideraba con justicia un
atorrante. Allí nuestro autor hizo casi de todo antes de empezar a
escribir: inspector de cercos, traficante en pieles, cazador de canguros y
conejos, domador de caballos, buscador de oro y diamantes. Esto le dio una
experiencia y una patria, ya que nunca más se movió del generoso
suelo australiano. En literatura se inició, sin mayor suceso, como
autor de la corriente de enigma, aunque una novela suya titulada Un autor
muerde el polvo, que trata del mundo de los literatos, tiene su encanto. Sus
modelos de entonces eran Agatha Christie, Anne Hocking y Ngaio Marsch, por
sólo nombrar a tres grandes damas del crimen. El mismo Upfield ha contado
los azares que lo llevaron a reformular su estilo y consagrarse. Ocurrió
que un ocasión debió trabajar en el campo con un vaquero, mestizo
de británico e indígena, quien le aseguraba, vía su profusa
verba, que había colaborado muchas veces con la policía, ya
que conocía muy bien las mañas y rarezas de los aborígenes.
Un tipo elocuente y propenso a la mentira, pero que divirtió mucho
al inquieto Upfield. Tiempo después, el escritor escuchó la
siguiente anécdota de parte de una enfermera: había llegado
al hospital un bebé abandonado, recogido en el bush. La criatura era
un típico producto de los amores furtivos entre blancos e indígenas;
y típicamente también, no era querido por nadie. Pero lo más
curioso es que el bebé había sido encontrado mascando un libro,
para satisfacer su hambre. ¿Qué libro era éste? Pues
una biografía de Napoleón Bonaparte.
Así, en base a este sustrato real, nació el detective mestizo
Napoleón Bonaparte, Bony para los amigos, inspector de la policía
de Brisbane, protagonista de cerca de 30 libros que Arthur Upfield publicó
entre 1929 y 1966, una de las sagas más extensas y fascinantes del
género policial. Bony conoce el alma aborígen, y aunque es sólo
a medias uno de ellos, pertenece a cierto clan ancestral cuyos valores son
respetados. Varias novelas de Upfield fueron traducidas en México por
Editorial Novaro en los años 50, tales como sus obras maestras La muerte
de un lago, Las montañas tienen un secreto, Bony compra una mujer y Los solterones de Broken Hill. Todos los títulos
están traducidos literalmente. Si uno tiene paciencia, los puede todavÌa
encontrar en librerías de viejo. En Francia se han hecho bellas ediciones
en la colección "Grandes Detectives" de la editorial 10/18.
Ahora bien, el pontífice de la novela policial étnica, el gran
maestro amado por todos los que practicamos el subgénero, es sin duda
el norteamericano Tony Hillerman. Nacido en 1925, este autor ha dedicado su
obra a testimoniar sobre el pasado y el presente del pueblo navajo, posiblemente
uno de los grupos ancestrales de América más agredidos y humillados
por la aventura colonizadora. Hillerman, desde su primera novela publicada
en 1970, La voz del enemigo, recupera la tradición de la novela con
policías, salvo por la diferencia que sus protagonistas, el teniente
Joe Leaphorn y el oficial Jim Chee, pertenecen a la policía especial
que opera en Nuevo México para la comunidad navajo. Cabe mencionar,
como ha señalado la crítica, que este abandono de Hillerman
de la tendencia imperante de novela negra en Estados Unidos, para preferir
una forma renovada de la narrativa de enigma, obedece precisamente a la gran
tradición indígena de la caza, la guerra, la lectura de huellas,
la magia.
Hillerman, de origen alemán e inglés, fue criado entre los indios
seminola de Oklahoma ("la tierra del corazón sagrado"), su
estado natal. Condecorado tres veces por pelear en la Segunda guerra Mundial,
de vuelta del conflicto se hizo periodista, académico universitario
y ensayista, abocándose a los temas del mundo indígena, sobre
todo entre las tribus navajo, zuni y hopi. Finalmente opta por el género
narrativo, en que ha publicado unas 20 novelas. Entre las traducidas, varias
de sus obras maestras: Ladrón de tiempo, Vendaval de tinieblas, Un coyote acecha, La conspiración de las máscaras.
Sus detectives indígenas recurren a la paciencia, la astucia y el conocimiento
del terreno (amén de los modernos procedimientos policiales) para resolver
los complejos temas de una comunidad maltratada y marginalizada en la sociedad
norteamericana, incluso en la actualidad. Hillerman es el cronista cariñoso
y solidario de la triste historia de un pueblo que agoniza, que lucha duramente
por sobrevivir en la sociedad de la estandarización. El autor tiene,
por cierto, una pléyade de imitadores en su país.
Sólo a manera de mención, no quisiera dejar afuera a tres autores
del subgénero policial étnico que me parecen especialmente valiosos,
de alguna manera discípulos, o mejor compañeros de ruta, de
los colosos anteriores. Uno es el sudafricano James McClure, que con su pareja
interracial de protagonistas, formada por el teniente Kramer y su colega zul²
el sargento Zondi, ha explorado el mundo criminal de su país, en obras
publicadas en los peores tiempos del apartheid, y donde como en otros autores
compatriotas suyos, se puede tener atisbos de esta terrible aberración
del siglo pasado. Otro autor interesante es el británico H.R.F. Keating,
uno de los más distinguidos críticos literarios ingleses del
género policial, quien ha dado vida al detective inspector Gothe de
la policía de Bombay, India, hombre que compensa torpeza e ingenuidad
con intuición y suerte, a través de una saga divertida e ingeniosa
que nos da una visión de esta sociedad tan ajena a nosotros. Finalmente,
no quisiera dejar de mencionar a un curioso autor del género, el bostoniano Harry Kemelman, el creador del rabino Small, un investigador
espontáneo de trasgresiones a la ley y crímenes que tiene por
sujeto a la comunidad judía, donde se inmiscuye, Talmud en mano, resolviendo
casos tanto en su pueblo como ocasionalmente en Israel.
Para terminar, algo sobre mi propio aporte al subgénero de la narrativa
policial étnica. El tema unificador de mis novelas y cuentos, publicadas
e inéditas, es el de la difícil creación de la nacionalidad,
un factor dramático en Africa, donde la heterogeneidad tribal es la
norma; donde la violencia est· permanentemente presente en estas sociedades
jóvenes, tensionadas por las variedades de idiomas, costumbres, religiones,
razas, culturas, músicas, y que son privativas de las sociedades tribales
originarias, aunque remanentes en las nuevas generaciones. En la ciudad, la
urbe como alternativa al villorrio, cuya desconfiguración fue por cierto
uno de los más dramáticos efectos del colonialismo, se manifiestan
tales tensiones en estallidos continuos, sangrientos y crueles, el material
con el cual mis detectives, no siempre con brillantez pero sÌ con humor,
patriotismo y empeño, luchan por construir una sociedad de convivencia,
por encima de diferencias y rivalidades.
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