AHUMADA BLUES

Avenida Infante. Casa de Angelito. 10.30 PM


El caso de Cynthia Muraña, como le llamamos desde entonces los hermanos Menie y yo a lo que se empieza a relatar, partió con la caída de la noche durante un cálido sábado primaveral, en noviembre del año 1968.
No deseo mencionar exactamente la fecha de ese día memorable, por pura superstición, lo que espero me sea perdonado como pecadillo venial. El caso –y el enredo, me permito calificarlo así– tuvieron como preludio la visita nocturna de mi amigo Jorge Menie a la casa de mis progenitores. Por esa época, yo todavía habitaba en la vieja casona ñuñoína de la avenida José Manuel Infante, esquina Sucre, con papá, mamá y tres hermanas menores. Las tales avenidas eran meras calles con nombres rimbombantes: una muestra más del desorden urbanístico chilensis.
Jorge Menie y yo, Ángel Pedreros, llenábamos nuestras vidas de recién estrenados adultos ejerciendo de indisciplinados y relajados estudiantes universitarios. Los dos nos empinábamos sin mayor dificultad por la segunda mitad de nuestra carrera, él en Economía y yo en Ingeniería; y ambos en la tradicional Universidad de Chile, por entonces laica, estatal y gratuita. Lo curioso es que, a pesar de la proximidad física de ambas escuelas –Ingeniería se hallaba en Beaucheff con Blanco Encalada, como siempre y Economía en República al llegar a Blanco, donde ahora hay algo así como un cuartel militar–, nunca nos encontrábamos en esos lugares, manteniéndonos fieles a los cerrados círculos de nuestras respectivas facultades.
Pero sí manteníamos aún la proximidad puramente lúdica de viejos amigos de barrio, lo que se remontaba a nuestra infancia. Recuerdo claramente el día que conocí a Jorge. Tenía yo once años y cursaba el primer año de humanidades. Cosa importante en aquellos tiempos, ya que la etapa de las preparatorias se consideraba un asunto de niños. Jorge no asistía por entonces al mismo colegio que yo, el Rafael Arcángel, como ocurriría al año siguiente, y se debatía aún en el último curso de preparatorias de un liceo estatal.
Me encontraba elevando volantines un domingo por la tarde -–recuerdo que se trataba de un soleado y ventoso día de inicios de primavera, a mediados de septiembre– cuando me tocó ver aparecer por la plaza Franke aun petrimete vestido en el límite de lo ridículo. Iba de terno cruzado gris con botones dorados y corbata de humita en tonos burdeos, las manos en los bolsillos de sus pantalones largos con bastillas, y

       
   
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