una sonrisa de seductor precoz en la cara. Lo había visto alguna vez y sabía que vivía en el barrio, más precisamente en la calle Colo-Colo, pero no éramos amigos. Peor aún, me caía mal. Lo consideraba un engreído y un pelma. Cada vez que salía a jugara la plaza Franke, evitaba si quiera cruzarme con él.
Esta placita ñuñoína, permítaseme la disgresión, se llamaba así en memoria de un señor medio alemán, santo de la masonería, ingeniero por añadidura. Fue nada menos que el primer constructor del primer edificio en altura en Santiago, diez pisos, calle la Bolsa, conocido durante muchos años como “el rascacielo”. Murió hasta donde sé, después del terremoto de Chillán, por infarto, donde acudió a colaborar en la construcción de la ciudad. Hay en Santiago, además, una calle Guillermo Franke…
El petrimete que vi entonces en la plaza era precisamente Jorge Menie. Mis hermanas sí lo conocían y se juntaban con él. Lo calificaban de “francesito” y de buen mozo. Observé al personaje acercarse a un grupo de niñas, que se empezaron s dar codazos y hacerse cosquillas unas a otras ante su aparición. Dos de mis hermanas formaban parte del grupo. Con la patudez que nunca lo abandonaría , Jorge se arrimó al ramillete de núbiles y empezó a contarles alguna mentira, según imaginé; aunque bastante eficaz, al parecer, dados los gorjeos y las risitas de las féminas. Me dió envidia: pocas veces he logrado hacer reír a una mujer…
En tanto, yo me hacía el desinteresado, pero lo observaba con disimulo. ¡Cómo detestaba a esa ralea de pequeños cachetones de barrio! Por esa época me permitía también posar levemente de xenófobo, y había pocos seres a quienes odiaba más que a los que pretendían hacerse pasar por extranjeros, como Jorge. Me molestaba sobremanera, además, su modo tranquilo y desenvuelto de tratar a las mujeres, tarea que para mí constituía una agotadora faena, casi una pesadilla.
Sin embargo, en tal ocación su éxito fue efímero. Unos metros más allá, en uno de los prados de la plaza, un grupo de chiquillos desgreñados sudaba detrás de un balón, en animada pichanga de fútbol. En algún momento, alguien lanzó un violento pelotazo, aparentemente involuntario, en dirección a las niñas, que fue a dar, como dirigido por un remoto control, directamente a la elocuente jeta de Jorge Menie.
Sentí el impacto, y lo vi caer sentado al suelo, con la pelota entre las piernas y percibí luego las risas de los deportistas, en contrapunto con los gritos de las niñas. Dos o tres de los futbolistas más agrestes corrieron para recuperar su implemento deportivo, lo que las niñas interpretaron como un preludio de agresión sexual, o lo que fuera, y partieron arrancando en medio de chillidos. Jorge quedó solo, resoplando, tirado en el suelo, mientras un hilillo de sangre le salía de las narices.
Aunque el ente me repelía, me sentí obligado a acercarme a él. Los deportistas se retacaron un poco, pero luego se aproximaron al caído. Lo ayudé a pararse, atento a cualquier movimiento sospechoso de nuestros agresores, le presté mi pañuelo para que restañara la sangre y mi mano para sacudirse el polvo. Jorge me miró extrañado y agradecido, y balbució para mí su primera frase para el bronce:
–No impo-porta. Co-como dice mi hermano, lo que no mata hace más fuerte. ¡Pe-pero la ra-raza llama venganza!–. Y se mandó un terrorífico aullido de fiera, puro bluff para mi gusto, mientras agarraba la pelota, antes que la alcanzaran sus dueños, y procedía a reventarla a puñaladas con un corta plumas multicolor que sacó de su bolsillo. Acto seguido, les lanzó a los deportistas el despojo desinflado, mientras blandía el peble cuchillito y gritaba con su mejor vozarrón, la cara deformada, en el estilo de

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