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Angel Pedreros El personaje que narra en primera persona las aventuras de los hermanos Menie, detectives aficionados y protagonistas de tres novelas firmadas por el autor bicéfalo Mauro Yberra, posee un conjunto de rasgos propios que permiten entender, por una parte, hacia donde apunta la narrativa de género de este autor; y por otra, caracterizar a un tipo de sujeto atípico en la literatura chilena, y a quien podríamos insertar en lo que se llama, de manera un tanto simplificada, la “clase media ilustrada”. En lo que sigue se busca dilucidar algunos de sus rasgos psicológicos principales, a la luz de las novelas La que murió en Papudo (1993), Mataron al Don Juan de Cachagua (1999) y Ahumada Blues. El caso de Cynthia Muraña (2003). *** Desde el punto de vista de la tradición del género policial, Angel Pedreros forma parte de la técnica literaria del amanuense que acompaña y testimonia los hechos, tal como fue iniciada por Edgar Allan Poe en sus relatos del chevalier Dupin: “Los crímenes de la rue Morgue”, y otros como “La carta robada” y “El misterio de Marie Roget”. La máxima expresión de este modelo es, por cierto, el Dr. Watson, que no sólo narra para sus lectores las hazañas de Sherlock Holmes, sino que también lo escolta en muchas de sus investigaciones, incluso con algún riesgo para su integridad de moderado caballero británico. |
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Pedreros debe lidiar, a diferencia de los narradores anteriores (y otros émulos en el género), no con un único “héroe” del relato, sino con dos. Estos son los hermanos Jorge y Juan Menie. Permitiéndome una utilización libre de las categorías nietzscheanas de análisis literario de lo “apolíneo” y lo “dionisíaco” para caracterizar a este dúo. Jorge Menie representa lo primero. Es un personaje orientado a la acción, a ponerse al frente cuando se trata de arriesgar el físico, a abalanzarse intempestivamente sobre los hechos, a correr hasta reventarse, a agarrarse a bofetadas. Para él, siguiendo la categoría de Nietzsche, el mundo es susceptible de orden y para ello se requiere intervenir. De allí su pose de revolucionario, no demasiado coherente pero sin duda entusiasta. Juan Menie, al revés, es contemplativo, se mueve lo menos posible, prefiere pensar antes que agitarse, deducir antes que husmear en medio del peligro; aunque no por ello se niega al principio del placer en lo que emprende. El mundo para él es un caos, pura materia de irracionalidad; de modo que sólo se puede, apenas, buscar lo mejor para aprovecharlo. De allí su actitud más bien estática. Juan y Jorge son representativos de estos polos contradictorios; aunque por lo que plantea más adelante, se vislumbra que los hermanos Menie a veces se apartan de estas categorías excluyentes en ciertas actitudes y comportamientos; y a menudo ellas se entrecruzan.
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Arcángel San Rafael |
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Dicha dualidad es permanente en los tres libros señalados. Jorge siempre se halla dispuesto a involucrarse físicamente en la investigación en marcha. No trepida ante dificultades y riesgos. Sin embargo, Jorge Menie, tal como lo caracteriza el narrador Pedreros, actúa movido por una locura interior que lo hace en muchos casos excederse en su afán de acción, yendo más allá de lo racional, poniendo en riesgo su físico y la propia misión en que el grupo se halla involucrado. Pero hay algo más: Jorge Menie debe luchar contra diversas limitaciones físicas: desde su tartamudez a su torpeza de movimientos, desde su propensión a distraerse a su descontrol conductual. Es apolíneo, pero también un ser frágil. Jorge Menie no deja por eso de conformar un personaje valiente. Dotado además de una fuerza inesperada cuando se trata de salir adelante. Esto se ve por ejemplo, en Papudo, cuando se encuentra obligado a montar a caballo sin haberlo hecho en su vida; o la ferocidad que despliega en Muraña cuando combate con los mafiosos o rompe los candados de una puerta. En Cachagua es el que más sufre durante la expedición al campamento “tupamaro”; sin embargo, no trepida en internarse por las quebradas. Es amenazante cuando cree que debe poner orden y se agita decidido, sin titubeos. Él piensa que actúa racionalmente, movido por un discurso materialista dialéctico con abundantes referencias a la filosofía marxista, que lo provee de una imagen idealizada del devenir humano. En tal sentido, hay en él también un lado dionisíaco. Tanto en estos ejemplos, como en otros, el narrador Angel Pedreros lo sigue cuando hay que proceder. El narrador es sin duda un admirador de muchos de los rasgos de su entrañable amigo Jorge, y se divierte con sus arranques de locura. Pedreros se muestra al inicio en los relatos como un personaje tímido, soñador, no muy propenso al riesgo. Pero llegado el momento de asumir realmente un requerimiento físico, lo afronta sin vacilaciones. En Papudo lo hace en diversas ocasiones, superando su gusto por la tranquilidad. Prácticamente en todos los intercambios de bofetadas está presente y recibe lo suyo. En Muraña es el personaje que corre los mayores riesgos. En Cachagua dirige la acción: es el que mejor conoce el medio y no mezquina ese saber ni tampoco su participación corporal. Juan Menie se conduce al revés. No se inmuta ante adjetivos que desprecia, como el de cobarde o pusilánime. Juan es un escéptico integral para quien ninguna muestra de brutalidad vale para hacer cambiar una situación que es movida por fuerzas incontrolables. Juan se divierte, deduce y analiza. Sus desplazamientos son siempre mínimos, una sola vez en cada una de las obras citadas, al comienzo; tras lo cual se refugia en su casa de calle Colo-Colo y desde allí maneja las situaciones. A veces con más eficacia que los sudorosos y golpeados Jorge Menie y Angel Pedreros. Este último también admira a su amigo Juan, por su cultura, su inteligencia y su serenidad. Aunque a menudo se fastidia con tanta petulancia y pasividad. La personalidad de Angel Pedreros se puede describir, aún a riesgo de reduccionismo, como una dialéctica alterna entre Jorge y Juan, entre lo apolíneo y lo dionisíaco; pero también entre la locura y la genialidad de sus amigos, que es patente y se manifiesta de modos tan diferentes. Pedreros es un personaje que actúa de diferente manera, según se halle ante la influencia de uno u otro de los Menie. La potencia voluntarista de Jorge lo estimula y no se queda atrás al momento de conducirse digamos “heroicamente”, si esto vale la pena para cumplir el objetivo. Las deducciones de Juan le permiten corregir el rumbo de la acción y no dejarse guiar por el desquiciamiento de Jorge. Pedreros tiene en este sentido ciertas características del héroe dionisíaco, pero en una versión menos escéptica y más hedonista que Juan Menie. Sus gestos apolíneos son circunstanciales y relativamente controlados. Pero lo que lo caracteriza siempre es un auténtico afán por la aventura, motivado en buena parte, como él mismo lo expresa, por sus lecturas formativas y su gusto por el misterio. Dicha aventura puede provenir de una circunstancia de hecho, en que el trío participa sin buscarlo, como en Papudo. Hay algo de las novelas de Enid Blyton en este libro, que si no fuera por ciertas escabrosidades, sería una novela juvenil. En el caso de Cachagua, es Pedreros quien involucra a los Menie en la investigación y éstos lo siguen. En Muraña es al revés, ya que Pedreros es el llamado a incorporarse y siente que no les puede fallar a sus amigos. Pero hay algo que influye de manera mucho más poderosa en los comportamientos de Angel. Su atracción por la aventura se da en forma particularmente intensa cuando hay mujeres de por medio. Y las hay, y bien importantes, en al menos dos libros: Susana Kant en Cachagua y Sonya Estravinska en Muraña. En el primer caso se ve a Pedreros en un proceso de transición entre su esposa formal, Tory Highson y una mujer a quien ama de manera un tanto confusa. No hay mayor desarrollo, y si bien se puede vislumbrar alguna evolución, no hay indicios para saber en qué va a parar dicho proceso. Cabe mencionar que en Papudo, una historia de escolares, prácticamente no hay presencia femenina activa, salvo los torpes avances que Jorge le hace a una campesina y el fantasma de la bella francesa asesinada. Pero el caso es muy distinto en Muraña, novela publicada posteriormente a Cachagua pero cuyo argumento se desarrolla un lustro antes. En este caso, Pedreros es materia de lo que André Breton llama un amour fou. No hay aquí racionalidad que valga ni mucho menos impera una dualidad valentía-cobardía. Pedreros experimenta una iniciación sentimental en el sentido más profundo, proceso que se da con un marcado acento romántico. En un cuadro de misterio, locura y maldad, vive una noche de intensas emociones que transforman su forma de apreciar el mundo. Es una aproximación a la poesía del arrebato amoroso, que ocurre en un aleph erótico, espacial y temporal; y donde no existe transición entre la realidad y el ensueño, lo cual se sugiere a menudo en el texto. Es por ello que al final del libro se anuncia una historia futura, un reencuentro, lo que demuestra que esa noche tuvo una secuela. No podía ser de otra manera. Angel Pedreros es un personaje que evoluciona sutilmente en los tres libros, aunque permanecen en él algunos rasgos que lo hacen un espécimen fiel a ciertas fuerzas internas y externas: su distancia frente a lo que llama la “pituquería” nacional, o sea los sectores pudientes o autocalificados de aristócratas; su agnosticismo, que si bien no lo hace ateo, lo muestra como agresivo en materias religiosas; su amor genuino por la cultura, en particular la literatura; su romanticismo en materia de mujeres; su descontento subterráneo frente a la vida profesional o cotidiana que sobrelleva, lo cual lo hace propenso a evadirse si se presenta la oportunidad. Es sobre este sustrato, claramente discernible en las tres novelas, que se superponen los frenesíes que provienen de la interacción con los hermanos Menie. Son ello quienes lo sacan de su conformismo de “clase media”, le permiten vencer sus temores a lo desconocido y sumergirse en la aventura, citar a Conrad, a Haggard, a Sturgeon; y mostrarse dispuesto a afrontar desafíos que a sus cercanos pueden parecer extravagantes. En este modesto personaje de novela policial hay cálida nobleza y dignidad que pasan por encima de alguna tendencia al martirio autoinflingido, como lo reflejan muchas de las descripciones que hace de sí mismo. Angel Pedreros está lejos de ser un individuo vil sino que, al revés, aparece como la víctima de un contexto chato y mediocre, del cual procura salir por intermedio del más linajudo de los designios en la literatura popular: la búsqueda del tesoro, cualquiera que éste sea. Lo anterior no es sino el reflejo de un afán por hacer de la vida algo más que un preludio a la jubilación y la disputa de los herederos por sus despojos. Pedreros no sabe de cálculos ni de mezquindades cuando se trata de embarcarse en una barca hacia su isla de Citera. Y en esta tarea se hace acompañar de un par de locos sublimes, un Apolo y un Dionisio tal vez un tanto descalabrados, pero divertidos de principio a fin. Seres inquietos, de la estirpe de aquéllos que, como el burócrata y los gasfiteros de la película Brazil, o don Quijote y Sancho, o Allan Quatermain y sus camaradas, están siempre dispuestos a afrontar misiones descabelladas, cada uno a su modo, como un gesto de devoción a la vida, imposible de evaluar con la lógica del contable, que de eso está hecha la alegría del pasaje por este mundo. Y ese es el motor de la narrativa de Mauro Yberra. 9 de octubre 2006 |
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