Avatares del cadáver de Mauro Yberra o
“El ataque de la siete escuadras”
         
 

Cuando Mauro Yberra, el escritor bicéfalo, la diñó, devino occiso y se entiesó, hubo que organizar apresuradamente su inhumación. Por eso yace enterrado a medias, tras un ritual sin pompa ni circunstancia, perpetrado a la hora del lobo en el cerro San Cristóbal (conocido también como Parque Metropolitano, después que algún Papa de Roma bajó a este personaje del santoral). Yberra se halla en las cercanías de la subida conocida como “el repechaje”. Su cuerpo supino descansa a la intemperie entre los tristes cipreses que anteceden la colina que lleva a una de las piscinas públicas, emplazamiento de un viejo santuario indígena.

Comenzó entonces, tras su paso al otro mundo (el de “las sombras oscuras y silenciosas del inútil deseo y de los hombres perdidos”, como diría H.G. Wells), una celosa vigilia que nosotros, sus vestigios en vida, decidimos realizar para conocer su evolución como cadáver exquisito.

Aficionados como éramos y somos a todas las manifestaciones, nobles e innobles, de lo macabro y lo grotesco en la literatura, la vida cotidiana y el cine, el proceso de descomposición constituía (y sigue constituyendo) un dominio de interés especial por parte de nuestra imaginación morbosa, formada en la lectura de Poe, Lovecraft, Machen y el Dr. Mortis, así como en la visión de los engendros personificados en las películas de matinée por Boris Karloff, Christopher Lee o Bette Davis. Amén de ser testigos de las agonías tenaces y aburridas de parientes longevos o de personajes de ficción, como los hermanos Menie, a quienes más les valdría hacer un expedito mutis por el foro.

La vigilia era necesaria para impedir que los usurpadores de cadáveres se apropiaran del cuerpo bullente de Yberra, o que los animales carroñeros lo destrozaran luchando por las mejores presas. En el cerro abundan los perros cimarrones, los gatos abandonados vueltos salvajes, unos cuantos zorros sobrevivientes, los tiuques o búhos hambrientos y desplumados, por sólo nombrar a los que eventualmente podían mover el cuerpo del escritor. O arrastrar partes esenciales de él a sus inmundos cubículos, sobre porque estas abominables alimañas poseen furtivos hábitos nocturnos.

Yberra había terminado su vida completamente desnudo, un domingo en el mismo cerro San Cristóbal. Un proceso de masacre literaria causada por la imposibilidad de concertar un proceso creativo, enfrentamiento de franco contenido esquizoide, había terminado por despojar al escritor bicéfalo de todos los elementos que lo habían convertido en un sujeto de obsesiva preocupación por no lucir indecoroso. Extremadamente concienzudo de simular sus miserias corporales tras ropajes anticuados y con cierta nobleza tradicional, nunca imaginó (¿puede imaginar un personaje imaginario?) que quedaría tristemente expuesto en pelotas, como ante su médico; sólo que ahora ante su creadores. No habría pues ropas que impidieran conocer el sobrevenir de su cadáver tembloroso y humillado. Su muerte fue a la vez natural y provocada, un autocrimen de inenarrable ferocidad.

Apurar el cáliz hasta las heces, fue nuestra consigna. Queríamos estar allí para observar el proceso de anulación de aquel envoltorio carnal que habíamos engendrado, como los dioses necios que éramos, y que ahora reposaba, mirándonos con unos ojos glaucos que no sabíamos bien si reflejaban la nada de la muerte, o una suerte de odio de signo inmortal. Queríamos asistir, en primera fila de platea, al ataque de las siete escuadras de la muerte, proceso del que habíamos leído algo, premunidos como estamos de información inútil sacada de la peor literatura. Por las siete escuadras los forenses entienden las siete acometidas de insectos que se suceden, hasta que el cadáver queda totalmente limpio de carne. Estas acometidas han ocurrido desde tiempos inmemoriales, con una perseverancia que supera a la de cualquier civilización conocida hasta ahora, analizada o no por el señor Toynbee.

Mientras bacterias y gérmenes actúan para podrir el cadáver, a tal festín acuden diversos invertebrados, como hormigas, avispas, escarabajos, moscas, arañas, abejas, gusanos y ciempiés, que se alimentan (ellos y sus respectivas larvas) de la carroña y también de los carroñeros y sus crías instalados en el muerto. De allí que las siete escuadras sean cuidadosas en sus desplazamientos y, por milagrosa acción de las fuerzas naturales, prefieren hacer la posta antes que competir de manera, digamos, sangrienta. Asistimos pues a un proceso que se puede resumir así:

Primera escuadra. Ataca desde el primer minuto del largo proceso de la putrefacción enfisematosa, que tiene lugar durante los seis primeros meses después del óbito. Vimos aproximarse a las hormigas, las primeras en llegar. En realidad éstas nunca dejan de visitar el cadáver, aunque teniendo cuidado, porque un número nada despreciable de larvas no le hacen asco ni siquiera al sabor fórmico de estos insectos. Unas cuantas avispas, abejas chaqueta amarilla y polillas también se hicieron presentes, deambulando con un interés más bien nominal. Después volverían, para atacar a las pupas y larvas de los dípteros. Pero las protagonistas fueron las moscas, qué duda cabe. Las moscas de los géneros Calliphora vicina (mosca de la casa de al lado), Calliphora vomitoria (mosca de la carne) y Sarcophaga carnaria (apelada de este modo por su afición a la carne de occiso), así como otros dípteros cuyas larvas pueden vivir en un medio semilíquido, fueron los insectos pioneros en apropiarse del cadáver. Sobre todo para poner sus huevos, en esa masa pestilente que no paraba de heder. Yberra fue por casi medio año un auténtico “señor de las moscas”.

Segunda escuadra. El cadáver, perdido sus líquidos, parecía más pequeño, como seco, su piel había adquirido unas coloraciones que con imaginación podían asimilarse a dibujos, parecía que estuviéramos frente a un “hombre ilustrado”. Pero aún guardaba una importante cantidad de materia blanda, que no carecía de mercado. Entre los seis y los nueve meses, sucede la fermentación de las grasas corporales, proceso conocido como la fermentación butírica. Es otro el olor, el cadáver aún conserva su forma humana, por su cuerpo circulan todo tipo de insectos y larvas de insectos. Entonces atacan, entre otros, la Aglossa pinguinalis, una especie de polilla (la misma de la lana, que se nutre de la piel muerta que dejamos nosotros), y el Dermestes maculatus, un coleóptero peludo de sistemática aplicación al devorar. Quieren deleitarse con toda esa enjundia (la “cera cadavérica”) hasta entonces resistente al menoscabo del cuerpo.

Tercera escuadra. Aunque usted no lo crea, comprobamos que hay una etapa aún más viciosamente pestilente que las anteriores. Es el momento de la fermentación gaseosa, que se da al cabo de más o menos diez meses. El cadáver expelió sulfuro de hidrógeno, conocido también como ácido sulfhídrico, el de olor a huevos podridos, junto con otros gases que atraen a una mosca pequeña y brillante, la Piophila casei. Sus larvas, conocidas como el gusanillo del queso, se alimentan ávidamente de carroña. Hablamos del mismo gusano que permite fabricar esos quesos fuertes, que tanto nos gustan. Es el triunfo de los monumentales pedos de los cadáveres, aquellos que tanto terror provocan en las novelas góticas porque se les confunde con carcajadas tenebrosas, alaridos de dolor o gruñidos amenazantes. Fue el momento de gloria de Yberra que se sintió, por fin, una encarnación de Jorge Menie, el mago de la escatología, su personaje más querido.

Cuarta escuadra. Es una suerte de continuación de la anterior y se la denomina la etapa de la fermentación amoniacal. Dependiendo de las condiciones ambientales, suele ocurrir entre los 24 y los 48 meses, y está presidida por una nueva hornada de moscas, los pequeños dípteros Ophyra y Phora (unas mosquitas pequeñas e hijas de puta que zumbaban como aviones), y por escarabajos de rápido escurrimiento como el enterrador (Necrophorus tormentosus) y el Hister cadaverinus (el mismo de las novelas y películas “egipcias”), ambos especializados en cadáveres adecuadamente envejecidos. Es el olor lo que hace la diferencia. En el caso de Yberra, era como si estuviera dándose una meada fétida, digna de Rocinante, Bucéfalo o Platero.

Quinta escuadra. Une vez que finalmente se produce la desecación de los tejidos, a los dos o tres años de fallecer, constatamos que el cadáver había perdido toda o casi toda el agua (esto depende del clima). Es entonces cuando aconteció la invasión de los ácaros. ¡Ah, los ácaros! Nuestros compañeros más fieles, aquellos que conviven con nosotros al menos toda la noche, instalados en almohadas, sábanas y frazadas. Viejos carroñeros liliputenses de aspecto temible y voracidad ilimitada, conocen bien el sabor de nuestra piel muerta y para ellos un cadáver seco es un banquete. Gourmets avezados, no desdeñan los hongos y mohos que crecen en el cuerpo en transformación. En realidad el mundo pertenece a los ácaros, como me lo confidenciaban, medio borrachos, unos médicos argentinos sepultados en la provincia profunda.

Sexta escuadra. En el momento en que los tejidos están completamente secos, se necesitan pesos pesados y con experiencia para su destrucción. Con sus robustas mandíbulas, diferentes géneros de coleópteros actúan, como los escarabajos de las alfombras, también convivientes nuestros (Anthrenus scrophulariae y su primo el Anthrenus verbasci). Las polillas también hacen su parte, como la Aglossa pinguinalis (que vuelve a la carga) y la Tineola bissilliella, conocida también como polilla de la ropa, que se encargan de limpiar las partes más duras y secas del cadáver. De allí volverían a depredar en las elegantes casas de Vitacura, para inspeccionar los perfumados abrigos de pieles de las damas. Las polillas normalmente comparten mesa con los ácaros, que se van a las partes más tiernas.

Séptima escuadra. Es un momento clave y digno de los héroes griegos: la limpieza del mero esqueleto. Pasados unos cuatro años, los pocos residuos que quedan son aprovechados por los escarabajos de las tinieblas (Tenebrio obscurus) y otros coleópteros carroñeros, como el Ptinus villiger, de largas e inquisidoras antenas. Pues en esta etapa estamos ahora, acompañando a Yberra, esperando que se cumpla este proceso y podamos separar algunos huesos adecuados y hacer flautines con los cuales nos permitiremos, en las nebulosas de la demencia senil, tocar las melodías bucólicas que nos exige el músico que llevamos dentro, para recuperar los pasos perdidos y el recuerdo de las muchachas en flor.

Octava escuadra. Sí señor, señora, hay una octava escuadra, pero no atacará al difunto Mauro Yberra. No. Nos atacará a nosotros. Se sabe que ciertos ácaros desarrollan su actividad en las momias y cadáveres desecados, y han sido causantes de algunas de las infecciones sufridas por los arqueólogos. Los ácaros son los que se quedan hasta el final, solazándose con los restos desecados de las partes que restan después de haber pasado las formaciones de dípteros, coleópteros, lepidópteros y demás insectos de las otras siete escuadras de la muerte. Estos ácaros son arácnidos microscópicos de la familia del arador de la sarna, el Sarcoptes scabiei, capaz de producir lesiones pruriginosas en el cuerpo, especialmente en las manos, que pueden llegar a matar. Tal como aconteció a Howard Carter, el profanador de la tumba de Tutankhamón, no descartamos que Yberra, en un último gesto estético, nos infecte con la ayuda de este ácaro; y se vengue de los pecados concebidos, contra él, por nosotros.

Entonces será el momento de decir que Mauro Yberra, el escritor bicéfalo, murió por partida doble... Y esta vez para siempre.

 

1

Calliphora vicina

2

Calliphora vomitoria

3

Sarcophaga carnaria

4

Aglossa pinguinalis

5

Dermestes maculatus

6

Piophila casei

7

Ophyra

8

Phora

9

Necrophorus tormentosus

10

Hister cadaverinus

11

ácaro

12

Anthrenus scrophulariae

14

Anthrenus verbasci

15

Aglossa pinguinalis

16

Tineola bissilliella

16

Tenebrio obscurus

16

Ptinus villiger

18

Sarcoptes scabiei

 
         
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