POE, Edgar Allan (1809-1849). Nunca será ocioso ensalzar una vez más el riquísimo legado al género policial de este poeta maldito, su "inventor" y fuente inagotable de inspiración para sus cultores. Poe creó el primer auténtico investigador literario, el chevalier Auguste Dupin, quien protagoniza la primera narración policial de la historia: Los crímenes de la calle Morgue (1841). El personaje de Poe es el protagonista de otros dos cuentos, además del citado: La carta robada y El misterio de Marie Roget, ambos publicados en 1845. En ellos, Dupin actúa como un lógico estricto, como un científico. Se sabe que Poe, cuando ejercía el periodismo, gustaba plantear desafíos y enigmas a los lectores y él mismo se consideraba insuperable en la materia. Por eso estaba convencido de haber "inventado" algo inédito y original en materia literaria. Más aún, consideraba estos cuentos entre lo más amado de su producción. Los crímenes de la calle Morgue constituye una pieza fundacional, que sentó las bases de la literatura policial. Aparecen por primera vez tres elementos claves del género: a) el detective amateur como protagonista del relato; b) su alter ego, un narrador que describe el proceso de detección y hace el elogio del investigador; y c) el enigma en un recinto cerrado, estructura recurrente en buena parte del género. Los otros dos cuentos “policiales” de Poe también son fundamentales, aunque en otros planos. La carta robada desarrolla un proceso de deducción lógica pura, a la manera de un juego matemático, proporcionando una cantidad de información que debería ser suficiente para que el lector resuelva el misterio. Cabe mencionar que otro cuento de Poe, sin protagonismo de Dupin, El escarabajo de oro (1843) es una joya de deducción lógica, en este caso al servicio de un relato sin crimen. Por su parte, El misterio de Marie Roget propone otro desafío: cómo resolver, por medio de la ficción, un crimen cometido en la realidad. En este caso, Poe propone la solución a un secuestro y crimen sucedidos en Nueva York y nunca resueltos, gracias a una intervención de Dupin que después se revelaría correcta. Poe agregaba a sus enormes contribuciones otro elemento básico del género: el carácter realista de la narración, fundado en hechos y personajes de la vida corriente. Aquí descolla el quinto cuento policial de Poe, rara vez citado por los especialistas, El hombre en la multitud (1840), que describe el largo deambular nocturno de un personaje por una ciudad que no se nombra, en su ámbito más canallesco, y donde van detectando, por pequeñas señales, los peligros, miserias y esperanzas del submundo delictual, así como los riesgos que acechan a quien se aventure en él. Será la veta desarrollada por la novela negra.

PRATHER, Richard S. (1921). Nacido en Santa Ana, California, su CV informa que fue bombero, engrasador y maquinista en la marina mercante norteamericana. Luego se emplea como funcionario civil de la fuerza aérea durante la segunda guerra mundial, tras la cual se dedica a dos cosas: el cultivo de paltas y la escritura. Este auténtico self-made man es el creador de uno de los más populares detectives duros: Shell Scott, con oficina en Los Angeles y residencia en Hollywood, de 30 años eternos y una permanente sonrisa, aunque le estén dando de patadas, suministrando drogas letales o torturando a gusto. Un seductor incansable, no hay novela en que no se mande tanto polvos como la trama permita, que su corpachón siempre responde. Autor delirante sin límites, Prather es uno de los más colosales super ventas de la serie B del género negro. Títulos: Puñal de carne (1952), Permiso para morir (1954), El resucitado (1954), La casa de los gemidos (1956), La prueba en el ataúd (1958), Un crimen por vez, querida (1958), Hoy me toca morir (1959), Maten al payaso (1962), El embrujo del muerto (1965) y mucho más, hasta completar 40 millones de ejemplares vendidos sólo en Estados Unidos. Más respeto con lo que llaman bazofia, señores críticos.

 

 

 
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