EL SEPTIMO CIRCULO

I

El inquietante asunto —ya que no hay por qué llamarlo caso— del Séptimo círculo fue traído por Juan Menie de París a Santiago. La serie literaria de ese nombre nunca nos había parecido el nec plus ultra del género policial —reconociendo, obviamente, sus méritos—, aunque nos divertía que nuestros admirados Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares hubieran sido los sabios y entusiastas encargados de la selección de títulos... mientras manadas de infradotados adictos a la “gran” literatura hacían gárgaras con Joyce, Proust o Kafka. En traducciones nada más dudosas, por supuesto.
Para el lector o lectora no iniciados, o por si suena poco claro para el resto, señalo que me estoy refiriendo a la colección de narrativa de misterio que desde los años cuarenta se editaba en Argentina con esa etiqueta, El séptimo círculo; etiqueta tomada en préstamo, no es superfluo recordarlo, del Infierno del Dante. Juan Menie llegó con el asunto en ocasión de su último viaje a Chile; según él, una obsesión producto de noches de insomnio veraniego en Créteil, el triste y desamparado suburbio de París, de tan poco agraciada apelación, donde mi amigo residía desde hacía más de dos décadas. En el hecho, desde su juventud, mis amigos Juan y Jorge Menie se orientaron por el lado de la literatura fantástica en materia de preferencias librescas. Juan no desertaba de la lectura y relectura de Arthur Machen, Lovecraft, el conde Potocki y Jean Ray. Sin olvidar al maestro Poe, por supuesto. Jorge se les daba de devoto absoluto de la sublite-ratura de terror, mezclando su progenie más abyecta, tipo Fumanchú, doctor Mortis y El monje loco, con los grandes clásicos: Drácula, Frankenstein, El golem. Para él no contaban autores, sino personajes; mucho menos le preocupaba el estilo, prefiriendo las emociones fuertes y las descripciones sangrientas por sobre categorías creativas. De aquí provenían la mayoría de sus citas, que prodigaba en cualquier ocasión, seria o chusca.
Los hermanos Menie y yo habíamos leído más de algún volumen del Séptimo círculo. Juan prefería los libros de John Dickson Carr, Nicholas Blake y Patrick Quentin, por tratarse de novelas de misterio a menudo en el límite con el género fantástico; y Jorge, que leía de todo, seamos justos, transmitía sobre títulos tan raros como Una bala para el Sr. Thorold, En la plaza oscura y El día del juicio final, relatos de la colección que más que pertenecer al género de suspenso bordean lo inverosímil. Ahora, los Menie y yo nos habíamos devorado, con auténtico y compartido fanatismo, las tres aventuras del detective aficionado Roger Poynings, publicadas en la colección, y escritas con brillantez por un tal Michael Burt: El caso de las trompetas celestiales, El caso del jesuíta risueño y El caso de la joven alocada. Descollaban como nuestros títulos predilectos del Séptimo círculo y en cualquier momento nos sentíamos dispuestos a parlotear, con reno-vada fruición, sobre pormenores y detalles.
Nos encantaba la presencia del demonio en estos libros, un ser de tanta realidad que merecía epígrafes. Distinguíase así del resto de los perecibles personajes creados por Michael Burt, todos pasajeros y ficticios; al igual que los propios lectores, "sombras, nada más", acotaba Juan Menie. Nos excitaba el despliegue de brujas desnudas en el primer tomo de la serie, sus pálidas carnosidades reflejándose sobre quietos estanques a la luz de la luna; las turgencias enroscadas en torno a las escobas legendarias, los obligados vehículos de sus vuelos noctámbulos.
Discutíamos amistosamente, aunque con eventuales alzamientos de tono, para aliñar el interés, acerca de cual título era el mejor. Coincidíamos en que la culminación de la serie eran Las trompetas celestiales, y Jorge aullaba que ese libro era insuperable, la obra maestra de la tríada y del Séptimo círculo completo. Yo, místico visceral en el fondo y viajero libresco, me inclinaba por El jesuíta risueño y su periplo metafísico; en tanto que Juan confesaba especial predilección por La joven alocada y sus descripciones de pai-sajes de la Inglaterra rural, que había conocido en algún viaje con su madre y cuyo recuerdo lo ponía melancólico. Hablaba entonces de pubs con extraños nombres medieva-les, de lagos encantados, de castillos que se empinaban sobre acantilados vertiginosos.
El asunto del Séptimo círculo, como lo he llamado, se transformó en caso un sofocante día viernes del mes de noviembre, cuando los Menie y yo caímos en el restaurant Rhenania, en avenida Irarrázaval con Infante, para aplacar la canícula con una cerveza vespertina. Jorge Menie, que residía en Francia desde el golpe militar de 1973, andaba de visita en Santiago, como experto del gobierno francés, coartada que utilizaba para inventarse misiones de cooperación, arrancar de sus hijas y visitar a los amigos. Juan se hallaba por entonces iniciando una temporada larga en Chile, antes de volver a Francia, donde vivía también, en compañía de sus padres. Como la familia Menie aún conservaba la casona ñuñoína de la calle Colo-Colo, Juan y Jorge se podían permitir tales arrancadas sin poner en peligro las phynanzas, como les gustaba decir a ellos, citando al padre Ubú.
A pesar de los años transcurridos, mis amigos y yo recuperábamos rápidamente el sentido lúdico de nuestra niñez y juventud, sobre todo cuando investigábamos casos criminales. Esta vez los Menie venían medio achacosos. A Jorge lo habían operado de las várices. Juan había debido sufrir la sangrienta extirpación de un furúnculo. Pero por fortuna, conversaciones y libaciones mediante, a las pocas horas volvíamos a ser los mismos

   
   
               
       
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