irresponsables de siempre.
El Rhenania, un paradero preferido de nuestra juventud era, en esta etapa de la vida, nostalgia pura. Había tenido un pasado glorioso, por los años treinta, cuando un alemán de apellido Mattern impuso el shop perfecto, temperatura y reposo justos, espuma controlada. Cuando nosotros, escolares del trolley N°8, nos colábamos en el Rhe-nania para una pilsener clandestina, ya el local había sido traspasado a un garagista italiano que lo transformó en un boliche de curaditos. Hasta que apareció un visionario y lo salvó, no hace mucho, para nuestra alegría.
La tradición ñuñoína proclama que el Rhenania fue originalmente la portería de una gigantesca quinta que se extendía hacia el sur. No sé si será cierto, pero la arquitec-tura del lugar es bien curiosa, con un pequeño bar bajo una torre mirador, en la que se adivinan unas habitaciones tenebrosas y, más atrás una pérgola, protegida por un pa-rrón añoso que no se distingue desde la calle, y que maravilla al que entra por primera vez.
Entrando a la presuntuosamente llamada pérgola, observamos a un par de conocidos ocupando la mesa del fondo, nuestra atalaya predilecta. Se trataba de Mauro Yberra y Bartolomé Leal, escritores amigos nuestros, que silenciosos contemplaban como la espuma de los schops bajaba lentamente por las cristalinas paredes exteriores de sus respectivas jarras, manchando la resignada mesa del restaurant. Hiératicos, taciturnos, mal agestados aunque relativamente bien vestidos, daban la impresión de hallarse su-midos en honda depresión, efecto que se reforzaba por sus barbas encanecidas, testi-monio de la proximidad del medio siglo de vida; y por lo oscuro de sus vestimentas fuera de moda, que no conseguían alegrar las chillonas corbatas que, precisamente, la moda imponía. Con voz cavernosa, Jorge Menie soltó un comentario malévolo:
—Ahí estan los autores policiales. Tienen la cara de funeral de siempre...
—Los lectores no quieren nada con ellos —opinó Juan, en voz baja.
—Es que son malos con alevosía y perseverancia —acotó su hermano.
—Amén de lateros —aporté yo.
Como nos hallábamos demasiado cerca de ellos, callamos para impedir que nos reconocieran y procedimos a instalarnos en una mesa cerca de la puerta, la más alejada de los escritores. Logramos hacer el pedido sin llamar la atención, pero Bartolomé Leal —famoso en su casa, como decía Jorge, por las novelas de ambiente africano que había publicado— nos identificó, con lo cual fue imposible evitar los saludos, y como era de esperar, llegó la invitación a compartir una mesa. También fue la señal de partida para las agresiones. El propio Leal abrió los fuegos:
—¡Los Menie en Chile! Para variar, con el Pedreros a cuestas... ¡Y en Ñuñoa! No quieren perder el acento, supongo —siguió burlándose. Más amistoso y conciliador, Yberra nos invitó:
—Acérquense, por favor, juntemos las mesas...
Jorge no pudo menos que responder a los ataques:
—Tú-tú no me di-dirijas la pa-palabra, guatón Ybe-berra —barbotó el Menie menor, entre los eructos de su enorme burro de cerveza, que enarbolaba como maza de cavernícola, y del cual había bebido un larguísimo trago mientras se trasladaba a la mesa de los escritores—. Has ter-tergiversado com-completamente mi ma-manera de pensar y mi vi-vida en tus no-novelitas. Hasta el tar-tar-tartamudeo me lo has fes-festi-nado, chu-chucha de tu madre...
Sorprendido, pero rápido para reaccionar, Yberra no se amilanó:
—Te mejoré, conchudo. Te hice alguien... Vete a la puta que te parió —rezongó el escritor, enorme de obeso, peludo, los ojos cargados de sueños atrasados y excesos etílicos.
(Corresponde señalar, para aclarar el punto, que más de una vez Mauro Yberra había utilizado a los hermanos Menie como personajes de novela, cosa que había divertido a Juan, y no tanto a Jorge, a juzgar por su aparatoso enojo).
—Calma, viejos camaradas, —intervino Juan Menie, mientras se acomodaba en la cabecera de la mesa— que Pirandello se revuelca en su tumba. Comportémosnos civi-lizadamente. No olvidemos al enemigo principal...
—¿Y cuál es ése? —replicó Jorge, que siempre caía en las trampas dialécticas de su hermano.—¿Cómo va la novela negra chilena? —continuó Juan, sin dignarse responder a su hermano, dirigiéndose específicamente a Leal, que lo escrutó con cara rencorosa, efecto reforzado por sus ojos medio turnios. Bartolomé Leal era un gordito bajísimo, casi enano, crespo y pálido, cuyo mérito principal radicaba en un amplio y erudito co-nocimiento del género policial. A mí me inspiraba respeto, no así a Jorge, que opinaba que el chico Leal sabía todo lo que era necesario saber sobre novela policial, incluso tal vez cómo escribirla, pero que el producto de tanta aplicación resultaba bastante nulo, a juzgar por su controvertida e incógnita obra. Juan y yo no lo encontrábamos tan malo, pero no es el tema que nos ocupa ahora.
—¿La novela negra chilena? Como las huevas, para ser científicamente concisos y precisos —replicó Bartolomé Leal—. Pero no peor que la literatura de señoras de Vi-tacura y de pijes siúticos que campea en este país podrido, de lectores podridos, críticos podridos, editores más podridos aún...
—Y autores podridos, sobre todo, Leal —aulló Jorge—. Como ustedes. Escriban novelas como debe ser, patanes extraviados. Libros gordos, con intrigas políticas y mi-licos zafios, con cría de caballos, familias dementes y hartas cachas. Les iría mejor. Eso es sólida literatura chilena, pobres pelotudos, ¿para qué se meten a idear crímenes? Nadie se los cree.
   
   
               
    página anterior  
INICIO
 
página siguiente