Mi primera lata de cerveza



En septiembre del año 93 debí viajar a Ginebra por razones de trabajo. Acababa entonces de publicar mi primera novela policial, La que murió en Papudo, y me sentía de alguna manera en deuda con mis personajes. De modo que decidí hacer un desvío y pasar por París, en la ruta de regreso a Chile.
¿Qué misterio es éste? Pues simplemente que los protagonistas de la novela, los hermanos Juan y Jorge Menie, amigos míos de infancia, vivían en la capital francesa tras su destierro por opositores a la dictadura militar. Yo me había aprovechado de viejos recuerdos y aventuras comunes para construir la trama de mi novela, que transcurre en alguno de los veraneos que hicimos juntos, y donde estuvimos involucrados en hechos de sangre....
Fue un encuentro emocionante, tras veinte años sin vernos. Disponía de unas pocas horas antes de tomar el avión. Los Menie propusieron ir a un bar de cerveza en la Ile de la Cité, donde según ellos se podían degustar doscientas variedades de todos los países imaginables. Ellos ya habían leído mi libro, y venían preparados para discutir mis enfoques y precisar hechos y situaciones. Me acusaban, nada menos, que de haberlos tergiversado.

La jornada se desarrolló como un largo y divertido ajuste de cuentas que duró ocho horas, regadas con algunas de las mejores cervezas europeas: las incomparables belgas y las amargas berlinesas, las potentes checas (ricas en los más nobles lúpulos) y las stout irlandesas (espumosas como el rastro de una sirena), las alegres alsacianas y las delicadísimas altbier alemanas; sin olvidar, claro está, las convencionales pero amistosas holandesas, las ale inglesas y las rubias cervezas de trigo. En fin, combinamos cantidad con calidad (como buenos cerveceros), y terminamos contentos y reconciliados.
Al despedirnos, los Menie decidieron que no podía partir sin llevarme algún recuerdo de ese encuentro. Así que tomaron una lata, la más bella que habíamos bebido, y me la entregaron solemnemente, medio en serio, medio en broma. Con ella inicié mi colección. Con la Oranjeboom que se muestra en la foto...
Creo que pocos coleccionistas "lateros" pueden, como yo, afirmar que fueron introducidos en la afición por unos personajes de ficción; como escasos son también los escritores que pueden jactarse de haber sido influenciados por sus propias invenciones literarias. Pero así me ocurrió.


Santiago de Chile, Junio 1998

     
 
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