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Mansiones
Verdes de W.H. Hudson
La búsqueda del Otro Dorado
Hace casi un siglo, en las postrimerías de la Inglaterra victoriana,
se publicó en Londres la novela Mansiones Verdes de W.H.
Hudson, narración de ambientación latinoamericana que puede
considerarse un espécimen avant-la-lettre del realismo
mágico, credo literario que medio siglo después haría
furor en el mercado del libro con las obras de Juan Rulfo, Alejo Carpentier,
Guimaraes Rosa o García Márquez; y que junto con otras novelas
de la corriente fantástica o maravillosa, forma parte de todas
maneras, por sobre las veleidades mercantiles, de las cimas narrativas
del arte del siglo XX.
Las producciones literarias de W.H. Hudson (1841-1922) están cerca
de esos ilustres escritores latinoamericanos que se ocuparon de las maravillas
de su continente. En esta nueva corriente, muchos autores latinoamericano
enfocaron nuestro territorio de modo más profundo que en las obras
criollistas, indigenistas o costumbristas del siglo pasado, acentuando
la complejidad social y cultural de América Latina, con mayor preocupación
por el lenguaje y una visión menos ideologizada. Aunque no se debe
olvidar que fueron antecedidos por autores como Joseph Conrad, que en
al menos dos notables novelas, Nostromo y Gaspar Ruiz (esta última
en realidad una novela corta), más una obra escrita en colaboración
con Ford Madox Ford, La aventura, no se acomplejó para crear ambientes
de América Latina. Como también lo hicieron B. Traven (La
rebelión de los colgados, Macario) y el propio Hudson. La
suya es la visión desde fuera de nuestro continente; la de un autor
que fue capaz de captar la mezcla de fantasía exuberante y realidad
cruel que caracterizan al paisaje, la cultura y la gente de este lado
del planeta.
W.H. Hudson fue un observador visionario, amante pero duro, de nuestra
realidad, como antes lo fueron Darwin y Humboldt. Nacido en Quilmes, Argentina,
de padres norteamericanos y luego emigrado a Inglaterra en su juventud,
Hudson se consideró un romántico tardío perdidamente
enamorado del Nuevo Mundo, del que abominó al inicio de su autoexilio.
Igual dejó al menos tres obras maestras sudamericanas: La Tierra
Púrpurea (The Purple Land, 1885), ambientada en Uruguay; Mansiones
Verdes (Green Mansions, 1904), que transcurre en la Guayana venezolana;
y Allá lejos y hace tiempo (Far Away and Long Ago, 1918),
sus memorias de niñez en las pampas argentinas. Libros que escribió
sin moverse de su residencia definitiva en Londres, en una suerte de rescate
de los paraísos de infancia que lo ponen entre los grandes reconstructores
del tiempo perdido.
Lo que hace de Hudson un autor diferente a otros que, como Proust, Musil
o más recientemente Graham Greene, buscaron recuperar la infancia
perdida, es que hay en él un intento por comprender en profundidad
a la naturaleza y sus enigmas. Como escritor científico se desarrolló
en paralelo a su ecléctica obra narrativa: Hudson incursionó
en el realismo social à la Dickens, con su novela Fan. Historia
de una niña (1880); y también en la ciencia-ficción,
a través de una curiosa y olvidada antiutopía, La Edad
de Cristal (The Cristal Age, 1936), publicada póstumamente.
Fue un naturalista destacado, quizás el más grande su época,
al decir de su contemporáneo y amigo, el escritor John Galsworthy
(Premio Nobel de Literatura). W.H. Hudson se paseó en viajero entusiasta
por el mundo natural, muchas veces sin salir de un parque público.
Escribió una docena de libros donde elabora detalladas descripciones
y medita sobre pájaros, plantas y animales. Otro escritor de su
generación, el polaco Joseph Conrad, lo consideró insuperable
en esa vena, un escritor "producto de la naturaleza" en sus
palabras.
Hudson incursionó sin proponérselo en la filosofía
de la naturaleza, donde veía toda fuente de vida y belleza, ampliando
así su visión objetiva de científico para situarse
en una posición ética de acercamiento a todos los seres
que pueblan el universo. Veía en el hombre civilizado de su época
al gran culpable del deterioro del medio natural, destructor del paisaje,
y ciego opresor y explotador de las criaturas silvestres. Llegó
a plantear que el gran error del hombre fue haberse desarrollado buscando
vencer y dominar a la Naturaleza, muchas veces Biblia en mano. Los resultados
eran la suciedad, el desorden y la fealdad de la vida moderna. (Hudson
hablaba de esto a principios de siglo).
Su obra de ficción participa de estas preocupaciones, ya que hace
a sus personajes, humanos y animales, formar parte de las fuerzas naturales.
La naturaleza no es decorado para él, sino muchas veces un protagonista.
Aporta así, en la magnífica tradición de la novela
de aventuras en la Inglaterra postvictoriana —donde descollaron
autores como H. Rider Haggard, Conan Doyle, Ford Madoz Ford, H.G Wells—,
con una poesía de los paraísos perdidos que lo acerca mucho
a la sensibilidad contemporánea. Se puede decir que fue precursor
del ecologismo de los años 60 y 70; y sigue siendo una referencia
para lo que queda de esa corriente.
El gran amor de W.H. Hudson fueron los pájaros. Mansiones Verdes
es, finalmente, la historia de una niña-pájaro, llamada
Rima, una sublimación de lo más bello que puede haber en
la vida según la visión de este autor. Rima es una especie
de colibrí sabio que habita en lo más profundo de la selva,
la última descendiente de una raza desaparecida tras un cataclismo
inexplicable, hecho inspirado en viejos mitos precolombinos. A ese lugar
arriba Abel de Argensola, un viajero perseguido por razones políticas,
tras una asonada militar en su país. También es un desilusionado
de la vida en la gran ciudad. (En su libro de memorias, Allá
lejos y hace tiempo, Hudson hace una descripción del olor
nauseabundo de Buenos Aires, ciudad marcada por la descomposición
al aire libre de restos de los animales faenados en los mataderos de la
ciudad).
Abel y Rima viven un romance lleno de encanto, poesía y muerte.
Él descubre a Rima en la jungla. Al principio no escucha más
que su voz, piensa que se trata de un pájaro de especie desconocida,
para descubrir luego que se trata de una niña extraña, amiga
de las bestias, que no come carne y se alimenta de frutos silvestres.
Además se viste con un traje hecho con telas de araña. Habla
una lengua perdida, ancestral, melodiosa como el canto de las aves. No
es atacada por las fieras y las fuerzas climáticas parecen ser
aliadas suyas.
Mansiones Verdes es una novela que describe la difícil
búsqueda de la belleza y el amor perfectos; lo que parece darse
en un lugar donde la naturaleza es perfecta, esta Guayana idealizada,
paradisíaca. El drama, la locura y la muerte terminan por mostrar
lo imposible de ese ideal de perfección total. En este plano, la
novela aborda el tema del viaje iniciático —como Los
pasos perdidos de Alejo Carpentier—, en que un personaje acosado
parte en viaje a lo desconocido, donde suele encontrar un gran amor, el
que sin embargo termina por perder para revivirlo nostálgicamente
durante su retorno. En Mansiones Verdes, Rima es la expresión
del deseo cumplido (en el sentido de los cuentos de hadas) y la fuente
misma de la tragedia.
En su particular modo de enfocar la literatura fantástica, el personaje
de Rima está compuesto por Hudson a partir de una aguda observación
del mundo de los pájaros. La esencia del encanto y gracia de las
avecillas forman parte del sublime erotismo de Rima, que la hacen misteriosamente
deseable para Abel de Argensola. De todos modos, el romance está
tratado de forma extremadamente pudorosa; si bien la sexualidad aflora
en vehementes vibraciones, lo que concede a la novela una singular potencia
erótica, Hudson fue sumamente victoriano en cuestiones de sexo.
Contemporáneo de D.H Lawrence, W.H. Hudson tuvo palabras elogiosas
para Hijos y amantes, pero no se sintió dispuesto a participar
en movimientos tendientes a liberar a la prosa inglesa del lastre de sus
inhibiciones.
Toda la historia de Mansiones Verdes es la de un nuevo Dorado
que se convierte en tragedia y desilusión, como tantos otros Edenes,
Paraísos o Arcadias. Las palabras que el desolado Abel graba en
la pequeña urna que contiene las cenizas de Rima: "Sin tí
y sin Dios y sin mí", son el lamento desgarrado del que, habiendo
perdido el amor, lo ha perdido todo, incluso la fe en los dioses y el
respeto hacia sí mismo. Pero el mensaje de W.H. Hudson es también
que el hombre alejado de la Naturaleza es un ser muerto, perdida su vitalidad
y su fecundidad espiritual; de allí su canto al Nuevo Mundo, todavía
considerado entonces potencial reserva de vida para la humanidad. Mansiones
Verdes es un emocionante testimonio de tal anacronismo.
Cabe mencionar que en 1959, la Metro sacó una película basada
en Mansiones Verdes, que se rodó en la Guayana Británica,
Colombia y Venezuela. Sus protagonistas fueron Audrey Hepburn (Rima) y
Anthony Perkins (Abel). Actúa también Lee J. Cobb, en el
papel más lamentable de su carrera según la crítica.
Como toda producción de Hollywood que se respete, tuvo una serie
de vicisitudes. El realizador original fue nada menos que Vincente Minnelli,
quien como el sobresaliente director de musicales que era, solicitó
al compositor brasileño Heitor Villa Lobos que se encargara de
la música, lo cual éste hizo. Pero Minnelli abandonó
la realización de la película, como protesta ante las presiones
de la Metro para que transformara la historia en un melodrama de ambientación
exótica, al servicio del lucimiento de la actriz principal. Terminó
dirigiendo el actor Mel Ferrer, marido de la Hepburn, y la música
original fue adaptada de manera execrable por un tal Bronislau Kaper,
ante la furia de Villa Lobos, que abominó del resultado. Años
después, el compositor brasileño readaptó su partitura
y produjo el poema sinfónico La Selva del Amazonas, una de sus
obras maestras.
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