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La que murió en Papudo

Capitulo I
El verano del 63


Ni Papudo, un balneario de la central de Chile, ni los bomberos, voluntariosos y amateurs en este país, prometen mucho en material de narración criminal. Pero ocurre que uno de los primeros casos en que se pudo observar los extraños modos de investigación de los hermanos Menie, e incluso asistirlos durante su trabajo, tuvo lugar en Papudo, caso que contó además con algún protagonisno de los bomberos del pueblo, menos fascinantes aún que sus congéneres de otros lados, si esto se puede decir.
Los hechos acontecieron durante el verano del 1963. Nuestro último año juntos en el Colegio Rafael Arcángel donde yo era condiscípulo de Jorge Menie, el menor. Juan, el mayor, cursaba brillantemente Segundo año de sociología tras un breve paso por medicina, y había cambiado la devoción al Joven Tobías por el estudio del Joven Marx. Él, a quien medio colegio, y sobre todo los curas, daban por tarado. Era, eso sí, el único alumno que podía reivindicar un intento de suicidio casi exitoso, por lo que contaba con el supersticioso respeto de todos. El suicidio era “pecado mortal“, concepto hermético sobre el cual se sostenía la rígida moral Cristiana que nos inculcaba.
Nos habíamos hecho amigos con los Menie por el mutuo reconocimiento de inquietudes culturales afines. Al revés de la mayoría de los alumnos del colegio, interesados en el futbol y el rocanrol, cuando no empeñados en salvar su Alma, nosotros habíamos hecho algunos pequeños descubrimiento en las artes mayores: nos gustaban las casa viejas, la pintura impresionista, la música clásica y el arte religioso. Aparte de la lectura naturalmente, vicio en que evolucionábamos sin método pero con fervor.
Ese verano invite a los Menie a pasar las vacaciones estivales en mi casa familiar en Papudo, simulacro de mansión neogótica que hiciera construir mi abuelo, un prototipo del extravagante de provincia. Era una casa de cuatro pesos disparados hacia el cielo, donde sobraban cuartos, pasillos, techos puntiagudos, torres, terrazas y otras fantasias; pero donde faltaban baños, calefacción y cualquier esbozo de comodidad. Si hubiera estado construída con materiales de calidad, y no con mezcla de adobe y tablas que le habían endosado al abuelo, todavía sería el orgullo de Papudo (y mío) como siempre lo fue. Las goteras y los vientos que se colocaban por todas partes la fueron minando. Un terremoto terminó por derrumbarla, como a otras casas señoriales del balneario. Aunque muchas de éstas fueron víctimas más bien de los alcaldes venales y de sus propietarios mentecatos, que de las furias telúricas.