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Papudo es desolador, puros pathos provincianos. Su interminable playa de blanca arena, soñolienta y monótona, no sugiere más que pensamientos tristes. El mar se ve demasiado grande e infinito, tal vez prometedor, pero manifiestamente de quimeras inalcanzables. Y el viento, las casas ridículas y pretenciosas, desperdigadas, las solitarias palmeras y araucarias, el silencio, no dan pie a otra cosa que a la melancholia. A este sentimiento me acostumbré y terminé por amarlo, con los demás estigmas papudanos.
Pasé muchos veranos de mi niñez en esa casa, luego propiedades de mi padre, y apenas podía recuperarme después de tales sobredosis de inducida congoja, no por abstracta menos intensa. Papudo era un lugar donde no llegaban por entonces más que los propietarios, y unos cuantos turistas despistados que tomaban pensión completa obligada en el único hotel del balneario. En el mal aderezado paseo que circundaba en parte la bahía, señalando la caleta y la zona principal de la playa, la gente mayor se saludaba, comparaba los respectivos castigos inflingidos por la edad o las finanzas, se deseaba buenos días o buenas noches, y partía con su empaque a cuestas. ¡Aburridas vacaciones de esos años pacatos!.
Ese verano del 63 me las arreglé para conseguir una semana de soledad en Papudo, por primera vez sin padres ni hermanas y arrastré conmigo a los Menie. Un poco antes habíamos alcanzado una especial afinidad con Juan y Jorge, cuando debimos sufrir juntos la noticia traumática del asesinaato de Kennedy en el remoto Dallas. Jugábamos esa tarde una partida de pócker cuando abruptamente la radio dejó de hacer sonar la Séptima Sinfonía de Beethoven, que nos transtornaba, para dar la infausta noticia. Quedamos golpeados, pero reaccionamos con el cinismo naïf que nos habíamos asignado como rudimento de personalidad adulta.
Juan ironizó sobre la estupidez del sistema capitalista, que no encontraba nada mejor que acabar con su mejor gente: “es una atroz conspiración de la clase media –afirmó–, Kennedy es demasiado aristocrático para ellos”. Jorge soltó un eructo y exclamó: “Mierda. Lo mató la CIA.”. Yo oculté un conato de llanto tras el humo del cigarillo.
Al mes siguiente del deceso del primer presidente católico de los Estados Unidos, como proclamaban los curas del colegio, tuvimos otro contacto con la muerte. Mi abuelo Angel, el propietario de palacetes falsos, las entregó por fin tras una larga y desesperante agoníaque casi arruinó a sus herederos.