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Pero a la vispera del funeral la situación se revelaba conflictiva para la familia, aunque en otro sentido. Mi querdo abuelo, radical, masón y bombero como se estilaba entre la sólida clase media nacional de la época, se había casado dos veces y había dejado montones de hijos y sus respectivos nietos. La herencia, más motológica que verdadera, iba a ser motivo de querellas y ambas ramas familiares, a las que se debían agregar los retoños de los deslices del patriarca que asomaron como callampas, se odiaban con justas rezones.
Preveíamos que la misa de requiem, ordenada por la segunda viuda, católica observante como las buenas señoras chilenas, se iba a desarrollar en el marco de una bronca sorda entre ambas ramas familiares. Menciono lo de católica, porque muchos caballeros masones y “come curas” no tenían problemas para matrimoniarse con damas “pechonas”. Cosas de la convivencia de esos años.
Podía pasar cualquier cosa en ese funeral. Nuestra rama era la menos numerosa de las dos “oficiales”, y temiamos ser superados por los “ilegitimos” como calificábamos a los demás. Se me ocurrió que era importante conseguir refuerzos. Invité a los Menie a la ceremonia, y les expliqué la situación. Prometieron esmerarse.
La verdad es que lo hicieron. Los dos llegaron vestidos de terno y corbata, de Negro estricto salvo la camisa, alba. Jorge traía el bastón de hueso de cachalote que había recibido de sus antepasados balleneros, como les gustaba decir, y apoyaba su caracterización con una pronunciada cojera. Se veían fúnebres mis amigos, así lo notaron todos en la iglesia, aliados y enemigos. Repartieron con dolencias y Jorge incluso ahogó sollozos…garantizadamente auténticos, conociendo la emotividad a flor de piel de mi amigo. Aunque sólo yo me percaté de que Jorge había llegado un poco borracho.
Los nuestros ocupaban la fila derecha de la nave, y al otro lado del pasillo se ordenaban las familias rivales. Las miradas de odio se entrecruzaban, mientras adelante un cra octogenario se desgañitaba imitando latines. De pronto nos dimos cuenta que el efecto de la presencia de los Menie se estaba disipando. Llegado el momento de la efusiones lagrimales, quedaba claro que la viuda contraria y sus hijos estaban superando a los nuestros. Gente más humilde, no se inhibía para prodigarse en sollozos roncos y desgarradores, sonoras sorbidas de mocos y llamamientos al muerto cargados de patetismo.
Le di un codazo a Jorge, que al parecer se dormía. Éste lanzó automáticamente una serie de rugidos, mientras le empezaban a corer ríos de lágrimas por la cara. Juan sobrio y solemne, abrazó desde su mayor altura haciendo amago de consolarlo. La gente de nuestra rama, sorprendida y a la vez