¡MATARON AL DON JUAN DE CACHAGUA!

El veranito de San Juan

(24 de junio de 1973)


El Tatán Meriño se sentó en la arena blanca dando la espalda a las dunas, y aspiró el aire puro de ese asoleado día de junio. El primero despejado tras casi dos semanas de lluvia continua. Era media mañana, y el sol había alcanzado a secar en parte la playa de Cachagua. En algunos tramos de la desierta extensión se elevaban tenues nubecillas de agua evaporada, dando una atmósfera de misterio al entorno, aunque sin aspavientos ni dramatismos.
El Tatán percibió el suave aroma de la mar invernal, ajeno a descomposiciones, y escuchó atento el rumor de las olas, matizado éste por los gritos de las gaviotas. El rubio mocetón se sintió feliz y agradablemente tibio después de tantos días seguidos de frío y lluvia. Se tiró de espaldas en la arena y emitió un largo grito de contento, asustando a una multitud de pájaros que partieron cielo arriba, lo que motivó que sus perros se acercaran a él sacudiendo las colas empapadas. También ellos estaban dichosos con ese día.
—El veranito de San Juan —murmuró el Tatán. Luego lanzó una carcajada que los perros acompañaron con ladridos y simulacros de peleas. En voz más alta, el joven Meriño repitió su frase con esta variante:
—El veranito de Don Juan.
Reiteró varias veces su recién descubierto juego de palabras, en tono cada vez más agudo, hasta lograr que el eco le respondiera desde los cerros cercanos, más verdes que nunca tras el prolongado diluvio. Se sentía pleno el Tatán, dispuesto a renovarse luego de la triste invernada.
El Tatán miró hacia su derecha y enfocó nítidamente la isla de los pingüinos, donde media docena de árboles plantados por don Cristóbal Persil, un viejo habitante y pionero del balneario, luchaban dolorosamente por hincar sus raíces en el árido y rocoso morro. Hacia la izquierda, su vista se perdió en la curvatura amplia de la playa. Vio brillar el suelo, en el extremo más lejano, y les susurró a sus tres atentas mascotas:
—Vamos a buscar ágatas, hijos de perra.
Y playa abajo partieron todos al trote, una pura masa de dicha juvenil y perruna.
Juan Sebastián Meriño De la Tierra, apodado cariñosamente el Tatán desde su infancia, era el menor y más díscolo de los hijos varones de un dueño de fundo de la región de Catapilco. El Tatán había fracasado en cuanto colegio lo habían matriculado, no había completado ningún estudio, ni había dado resultado tampoco en la propiedad paterna. Sus progenitores habían acabado por aceptar que, por su natural esquivo, el joven reaccionaba en contra de cualquier

                 
   
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