cosa que se le propusiera por la vía de la imposición. En otras palabras, no aceptaba ninguna iniciativa que significara coartarle remotamente su libertad de hacer lo que se le antojaba.
Hubo un largo período entre la adolescencia y la primera juventud en que el muchacho vagaba por el fundo montando a caballo por puro placer, sin mostrar interés en desarrollar actividades productivas. El padre lo sometía a acosos, claro, pero el Tatán no se inmutaba porque sabía que contaba con el apoyo de su madre. Incluso se lo lanzaba en la cara al viejo déspota, cuando éste se excedía en sus recriminaciones o castigos.
En una de sus correrías descubrió que adoraba la soledad y optó por instalarse a vivir en Cachagua, en un hermoso sitio arbolado propiedad de su madre; sin pedir permiso, claro, pero los viejos lo dejaron hacer. Un día anunció que se iba a construir una cabaña con sus propias manos, a lo cual tampoco encontró resistencia. Tenía diecisiete años y sabía valerse por sí solo... con el apoyo de mamá, naturalmente, que le pasaba plata bajo cuerda.
El Tatán se hizo una casita de madera con la ayuda de improvisados maestros locales: Juvenal Caroca, apodado el "Vampiro-de-las-viñas", un tal Mendoza de sobrenombre el "Sonrisa-de-tigre", y don Lucho Barriga, sin apodo conocido; un trío de curaditos inofensivos que le seguían la corriente en todo a ese joven ágil y rubio, cuya sonrisa de ojos celestes y sus largos bucles dorados eran irresistibles.
A pesar de las limitaciones y la sed incurable de sus carpinteros, la cabaña de don Tatán, como le decían sus adláteres, comenzó a tomar cuerpo y a desarrollarse con sorprendente calidad estética. El sitio era en todo caso privilegiado: un cuarto de hectárea de bosques de pinos y eucaliptus ubicado al borde de las dunas, y a unos cincuenta metros de la orilla del mar. Un lugar abrigado de los vientos en invierno y fresco en verano; pero sobre todo oculto de las miradas, ya que el único acceso a la casa era por las dunas mismas.
Un año entero se lo pasó el Tatán instalando su habitat. Durante esos doce meses de trabajo duro, su aire de ángel botticelliano fue cambiando, para dar paso a las trazas griegas de un mancebo musculoso y bronceado; aunque la naturaleza quiso que conservara esa mirada soñadora e ingenua que cautivaba por igual a hombres, mujeres, niños y bestias. Empezó el Tatán, pues, a organizar su vida independiente para ejercer su deporte predilecto, el que lo había impulsado a instalarse solo en Cachagua sin tener que rendirle cuentas a nadie: la conquista de mujeres. Ah, sí. El silencioso y discreto joven Tatán se las traía.
Un poco del historial amatorio del personaje. Apenas entró en la adolescencia, lo que más le interesó fueron las jovencitas campesinas, quienes se desmayaban por sus ojos azules y sus rizos dorados, que el Tatán dejaba crecer hasta casi los hombros. Estuvo entre los primeros que
se atrevieron a seguir la emergente revolución mundial en materia de peinado masculino, emulando así a los Beatles y a otros ídolos juveniles de la década de los sesenta.
El muchacho era de estatura mediana y más bien delgado, pero poseía unos brazos fuertes que le gustaba exponer al sol, así como su torso, que desnudaba apenas el cielo se abría. El Tatán portaba siempre un collar con un símbolo cabalístico que se le enredaba entre los nacientes pelos del pecho. Fue también un adelantado en el uso de los pantalones cortos, que él mismo hacía con sus prendas viejas, y de las sandalias de cuero crudo, obra de artesanos locales.
                 
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